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Una mujer

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29.03.2026

El cuerpo envejece pero la voluntad, si uno la entrena, puede seguir siendo una criatura joven y feroz

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Es una mujer. Jubilada. Directora de colegio durante media vida. Madre, abuela (no «abuelita», como han titulado algunos periódicos); ciudadana de 59 años. Se llama Donna Jean Wilde y hace unos días decidió tumbarse boca abajo sobre el suelo, apoyar los antebrazos y tensar ... el cuerpo como una tabla. Una plancha abdominal, la llaman en los gimnasios. Griegos y romanos lo habrían llamado, simplemente, resistencia. Con ese gesto, Wilde ha superado el récord anterior –cuatro horas y veinte minutos– que poseía otra canadiense, Dana Glowacka. Más de diez minutos de diferencia que, en esa posición equivalen (les doy mi palabra de honor), a una eternidad. Y, lo hizo, además, con dolores crónicos en manos y brazos. Es decir, con el enemigo ya dentro de la muralla. Ahí se ve quién manda. Por eso, lo confieso, he cambiado de Wilde. Dorian Grey versus Jean. Mi metáfora perfecta de la belleza es ahora esa mujer enfrentada al tiempo sin ocultarlo. Que no esconde las arrugas, sino más bien lo contrario; las atraviesa despacio, como quien cruza una tormenta helada. Porque el frío de la edad, con suerte, llega. Al rostro y a las mañanas en que el cuerpo tarda un poco más en ponerse de acuerdo consigo mismo. Y ahí está ella, sosteniendo su propio peso, no contra el suelo, sino contra el mundo, la gravedad y el tiempo. Contra esa voz que empieza a oírse a cierta edad y que dice: ya no puedes, ya no es el momento. La mayoría obedece y se sienta. Otras, en cambio, apoyan los antebrazos en el suelo. Y aguantan mientras el cerebro protesta, los músculos arden, y el reloj avanza.

Hay en ese gesto algo que me gusta especialmente: su absoluta inutilidad práctica. No sirve para nada, pues ni salva vidas, ni arregla el mundo. Ni siquiera busca seducir a los hombres, sino demostrarse a sí misma algo mucho más importante. Que el cuerpo envejece (el de las mujeres, además, cruelmente sometido a exigencias sociales y dolorosos cambios fisiológicos) pero la voluntad, si uno la entrena, puede seguir siendo una criatura joven y feroz. Y esa actitud, en tiempos de rendiciones cómodas y cirugía salvaje, resulta muy inspiradora. Al menos para mí.


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