El ataque de los culos fosforitos
El ataque de los culos fosforitos
El puerto es largo y empinado como la vida. Los culos se pegan a mi parabrisas. Oscilan, enhiestos, ante mis ojos. Hoy me ha tocado la primera fila en el teatro
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Me veo obligado a conducir por una carretera bonita cada día. Tiene dos sentidos muy transitados, buen arcén, señales a porrillo y discurre por un paisaje de postal. En invierno es una carretera relativamente civilizada, incluso en las horas punta. En los atascos, la ... gente se cede el paso con amabilidad. Paras un poco para que pase un autobús que viene en sentido contrario y necesita cruzar con sus pasajeros agobiados al ramal que sale por la izquierda. Nadie pita. Hay muy pocos accidentes, pues la transitamos personas fiables de clase media con hijos y todos los impuestos en regla. Pero en primavera y en verano esta carretera es el infierno en la tierra.
Su hermosura fabulosa esconde un veneno letal, como ciertas ranas tropicales. A los lados hay vacas y caballos que comen la hierba verde y ocre que germina en un poema de Gerardo Diego, entre casitas de fachada blanca, tejado rojo y chimenea, como pintadas por niños. Desfilan urbanizaciones de nombres agrestes a juego con las encinas, robles y canchales. En un tramo, para colmo, el asfalto corre sobre la presa de un embalse azul que es un espejo para el cielo de Madrid, por el que avanzan las nubes blancas a cámara lenta con sus pliegues en calidad 5K IMAX.
A menudo abro la ventanilla y saco la mano como en el anuncio sin importarme que un poste me ampute el brazo........
