Entre el crucifijo y el revólver
Entre el crucifijo y el revólver
Kafka decía que se trata de vivir provocando literatura a cada paso; y de escribir de forma que la escritura tenga un impacto real en la vida
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Sacan libro Karina, Fuenteálamo, Solano y Calero; publican poemario Ángel Antonio y Bruno; Nieto Jurado recopila sus mejores columnas y Chema Nieto sus mejores viñetas; hasta el director se une a la fiesta con una novela cuya portada provocaría en Morrissey un 'shock' que ... ni Willard en Saigón; tengo pendiente el último de Cuartango, el segundo de Palomar y el primero de Ussía. Hay en ABC más producción literaria que en la Escuela de Traductores de Toledo. Y no me da tiempo a leerlo todo. Reconozco que me siento una mala persona, coloco cada mañana sus libros sobre mi mesa –entre el crucifijo y el revólver– y los miro con la esperanza y la culpa de quien mira una planta crecer. Por las noches elijo uno al azar; lo abro, me asombro y tomo notas –es difícil con una gata que planea asesinarte– y, algo después, lo poso otra vez en la mesa junto a sus compañeros, a la espera de que el amanecer vuelva a abrir el ciclo de la vida y su desorden.
Intento unirme al club, se supone que uno tiene cierta vocación literaria. Pero no logro escribir: me paso el día escribiendo. Resulta complicado entregarse a algo en intervalos de media hora, lo que va entre la cena de la niña y la conexión con la radio. Uno se vacía en la columna, vuelca ahí lo mejor y lo peor de sí mismo. Pero después de enviar no queda nada, apenas un cúmulo de arranques, un fracaso doloroso y una culpa semoviente. Aparece entonces la intuición de que llegará el momento, pero por el rabillo del ojo veo los libros de Céline y de Arroyo-Stephens y acabo por asumir que somos solo una colección de derrotas ocultas tras el 'deadline'. Kafka decía que se trata de vivir provocando literatura a cada paso; y de escribir de forma que la escritura tenga un impacto real en la vida. Me topo por casualidad con el estudio en el que escribe Luis Sanz Irles, una torre como la de Montaigne, con vistas al mar y al campo. Lo primero que pensé es que si yo tuviera ese estudio escribiría varias obras maestras, pero poco después llego a la conclusión de que si yo tuviera ese estudio ya no podría escribirlas. En 'El hombre fulminado', Blaise Cendrars cuenta que alquiló una villa en la Provenza para encerrarse a escribir, pero que, al cabo de unos días, tuvo que ponerse a trabajar en el cuarto de la plancha. Demasiada belleza bloquea.
Yo creo que lo peor es la sensación de haber sido comprendido, es decir, amado. Eso lleva a la parálisis, a no escribir, a vivir. La conclusión es terrible porque obliga a asumir que la escritura es algo provisional y que solo es posible cuando no hace falta. Será ese el momento de unirme a los de arriba, esperando que se venguen con sus excusas ejemplares para acabar sepultado en las torres de libros pendientes que pueblan las mesas ajenas. Y, bien pensado, no se me ocurre un final más literario.
