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La guerra de Trump y su aún más extraña victoria

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12.04.2026

La guerra de Trump y su aún más extraña victoria

El presidente estadounidense impone un alto el fuego incierto tras una guerra errática que debilita alianzas y refuerza a sus adversarios estratégicos

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La escena diplomática en Islamabad –con el vicepresidente J. D. Vance negociando con Teherán mientras Washington amagaba con bloquear el estrecho de Ormuz– resume la naturaleza paradójica de la guerra emprendida por Donald Trump en Oriente Próximo: una guerra extraña, con una victoria igualmente extraña y, sobre todo, sin definición política clara. Tras semanas de ataques, amenazas y escaladas, el alto el fuego resiste pese a los incumplimientos y a la fragilidad evidente de los compromisos. No hay acuerdo formal, pero tampoco ruptura. Esa ambigüedad define el momento.

Los hechos son elocuentes. Estados Unidos e Irán mantuvieron negociaciones directas durante más de veinte horas sin cerrar un acuerdo definitivo, aunque sin dar por muerto el diálogo. Al mismo tiempo, Trump ordenó preparar el bloqueo de Ormuz, por donde transita una parte sustancial del petróleo mundial. Esa dualidad –presión máxima y negociación simultánea– ha generado un desconcierto estratégico inédito. Vance, que nunca fue partidario de esta guerra, ha actuado con disciplina institucional: ha negociado con lealtad crítica hacia el presidente, manteniendo el vínculo con la base política de Trump, pero exhibiendo una noción de interés nacional que trasciende la retórica.

El problema es que esa combinación de impulsividad y rectificación ha tensionado los fundamentos del orden internacional. La retirada de bases estadounidenses de Europa –celebrada hoy por sectores de la derecha radical– era, hasta hace poco, el patrimonio de discursos marginales de la ultraizquierda que obedecía al Kremlin. Del mismo modo, la utilización del estrecho de Ormuz como instrumento de coerción recuerda que Estados Unidos no es ajeno a precedentes históricos en la zona –aunque entonces estuviera a favor del libre tráfico y no del bloqueo–, pero sí resulta inquietante que lo plantee como un recurso inmediato y discrecional.

Los mercados han interpretado con mayor lucidez la situación: este alto el fuego no puede fracasar porque su continuidad responde al interés político de Trump. La economía estadounidense, profundamente interdependiente del resto del mundo, ya acusa tensiones inflacionarias derivadas del conflicto. La hipótesis de un enfrentamiento prolongado entre Estados Unidos y el resto del planeta no solo era inviable, sino económicamente suicida. La rectificación parcial del presidente obedece, en última instancia, a esa realidad.

Sin embargo, el balance estratégico es inquietante. El régimen iraní sigue en pie y, tras resistir cuarenta días de presión militar, emerge reforzado simbólicamente. Los países del Golfo han comprobado que el paraguas estadounidense es más frágil e imprevisible de lo que suponían y está demasiado lejos. China se posiciona como actor estabilizador potencial en la región, mientras Estados Unidos ha consumido una parte significativa de sus reservas de munición más moderna. La Alianza Atlántica, además, sale profundamente erosionada, e Israel, aislado, empieza a ver su liderazgo cuestionado incluso por sus aliados tradicionales.

En este contexto, las palabras del Papa León XIV resuenan como un aldabonazo moral. Su denuncia de la «ilusión de omnipotencia» y su llamamiento a no levantarse de «la mesa del diálogo y la mediación» frente a la lógica de la fuerza no son una admonición retórica, sino una advertencia sobre los límites éticos y políticos del poder.

Hoy puede haber alivio, incluso cierto reconocimiento a la flexibilidad de Trump –que ha demostrado entender, al menos, cuándo ha ido demasiado lejos–, pero el daño ya está hecho. Ha sometido al mundo a una tensión extrema, ha generado una crisis económica gratuita y ha debilitado la confianza en Estados Unidos. Por primera vez, sectores relevantes del liderazgo republicano empiezan a mirar hacia Vance y a preguntarse si merece la pena prolongar una presidencia marcada por la improvisación. Ese es, quizá, el dato más significativo de esta crisis.


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