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El buen tiempo

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03.03.2026

Cada vez que vuelve celebramos el sol como si fuera algo nuevo, inaudito, y en parte lo es

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Hace un par de semanas que todas mis conversaciones empiezan igual: qué buen tiempo hace, ¿no?, y a esto le sigue una mirada al cielo con los ojos cerrados, que es como se ve mejor, con los ojos cerrados y los pulmones llenos, expirando luego ... algo así como el invierno, que se mete muy adentro en las tardes de lluvia, cuando las terrazas de Madrid están vacías y la gente conduce como si escapara del fin del mundo o de una inspección de Hacienda, pero solo quieren llegar a casa para quejarse con su mujer de lo mal que llueve en esta ciudad. Y es verdad: aquí llueve muy mal, y cuando llueve todo está más lejos, porque todo huye de la lluvia, la farmacia huye de la lluvia, el supermercado huye de la lluvia, hasta la lluvia huye de la lluvia y empieza a llover en horizontal, es un mareo, y mientras tanto tú caminas con la resignación de una nevera vacía y una calle sin aleros. En Madrid, lo único que se te acerca cuando llueve es ese señor que vende paraguas a quince euros, que es el mismo que vende cervezas a dos euros cuando escampa. Así que cada vez que vuelve celebramos el sol como si fuera algo nuevo, inaudito, y en parte lo es, porque la piel olvida rapidísimo el placer del calor, y nosotros también, y por tanto es como estrenarlo: estrenamos la vida, la vida de exteriores, y no solo aquí. Me cuentan que en Galicia la gente salió a las calles el fin de semana como si fueran a tomar la Bastilla, pero solo tomaron el sol, conscientes de su fugacidad. Es un 'carpe diem' muy Atlántico.

—¿Y en qué se diferencia del Mediterráneo?

—En que cuando llueve se encogen de hombros.

Ya sé que el tiempo solo es noticia cuando diluvia o cuando acaban los coches tirados en mitad de la nieve, y que la actualidad es otra cosa, una contabilidad de las catástrofes, un historial de corrupciones, un rosario de augurios y promesas, pero el presente son más bien esas familias que pasean un viernes despejado por la Quinta de los Molinos, entre los almendros en flor, es ese hombre que se para a oler una mimosa y los niños que corretean por ahí y aún no echan de menos esas tardes, y que probablemente un día recordarán ese paisaje rosa como un paraíso perdido, acaso un mito sobre el que levantarán una memoria de luz o solo un sueño de domingo por la tarde, que es el momento de la nostalgia o del abismo, de la vida de interiores. Yo entiendo que haya gente que odie el verano, pero no que haya protestado por este prólogo de la primavera, como lo ha bautizado un buen amigo, y que hemos podido disfrutar incluso estando lejos del mar. Quiero decir que frente a la indignación por aquel «son las cinco y aún no he comido» al fin podemos decir, aunque llueva: son las seis y aún es de día. Y así ir tirando hasta el verano, que es cuando duerme la actualidad y nosotros despertamos.

Me acuerdo ahora de aquella anotación profética de Kafka en sus diarios, fechada el 2 de agosto de 1914: «Alemania ha declarado la guerra a Rusia. Por la tarde fui a nadar». Es la libertad que nos queda.


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