Elogio de la panza
Mantener una tripa digna no es cosa menor. Requiere constancia, disciplina y un compromiso inquebrantable con el segundo plato
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Me cuenta Bruno Pardo que en la reciente edición del festival de Coachella, los puestos de comida estaban vacíos. Una 'influencer' española, @aquisandrax, fue testigo de esta tendencia y desveló el principal motivo de esta falta de hambre: el consumo de Ozempic.
Esta moda ... de no coger kilitos a base de pinchazos está arrasando en todo el mundo. Es el camino más corto para tener un vientre plano, especialmente, entre las personas que no pueden evitar sus ganas de comer. De pronto, la medicina es gimnasio; la jeringuilla, el aliado perfecto para que la operación bikini llegue con receta médica.
Atrás quedaron los tiempos en los que pelear contra uno mismo, ya sea por ansiedad, gula o placer, se basaban en el autocontrol. Los avances médicos, aunque sean para tratar enfermedades como la diabetes, allanan el camino y el vientre, al toque que la industria farmacológica revienta en ingresos gracias al uso masificado de estos medicamentos. Es por este motivo que ya sólo me fío de personas con panza. Hombres y mujeres que no tienen miedo de mostrar sus debilidades; ciudadanos honestos, consigo mismos y con el resto, que no pierden un minuto en reconocer que la vida son placeres, y que construir una tripa en condiciones requiere de un esfuerzo y de una honestidad fuera de lo común.
Una tripa sin complejos es una verdad empírica. Llevarla en su sitio, bien puesta, sin pedir perdón, el ejercicio más sincero de coherencia vital que uno puede practicar sin necesidad de tutoriales de abdominales hipopresivos ni de gurús que visten con 'leggings'. Porque la tripa no necesita validación. Se autogestiona. Es autónoma, casi soberana. Podríamos decir que es el único territorio del cuerpo que ha declarado su independencia al qué dirán.
La panza, además, te adelanta cómo es la persona sin necesidad de biografía. Ahí donde otros esconden inseguridades, el orgulloso portador de tripa se presenta sin caretas. «Esto es lo que hay», parece decir, mientras se ajusta el cinturón en el agujero que de verdad corresponde, no en el que le gustaría abrocharse. Porque, seamos honestos, mantener una tripa digna no es cosa menor. Requiere constancia, disciplina y un compromiso inquebrantable con el segundo plato. Un verdadero vínculo a largo plazo con el placer, una inversión sostenida en cenas que se convierten en recenas y en desayunos que empiezan con un par de huevos fritos. Frente al sacrificio del gimnasio a las seis de la mañana, la tripa apuesta por una ética más humana y, sobre todo, real. El mundo vive hoy obsesionado con eliminarla, como si fuera un error de fabricación y no una obra de artesanía. Se pinchan, se privan, se castigan. En cambio, el portador de panza es una persona que ha decidido no juzgar sino vivir.
Y es ahí dónde empieza (y acaba), todo lo importante.
