El ‘Guernica’ no es de nadie
Cada cierto tiempo, el Guernica regresa al centro del debate público. No por una nueva lectura artística, sino por la reclamación recurrente de su traslado al País Vasco. Esta vez, el lehendakari Imanol Pradales ha pedido formalmente que la obra se exhiba durante nueve meses en el Guggenheim de Bilbao, con motivo del 90.º aniversario del bombardeo de Gernika y de la constitución del primer gobierno vasco.
Ya en la forma de plantearlo conviene detenerse. Se habla de "devolución" o "retorno", pero no se puede devolver lo que nunca estuvo allí. Pablo Picasso pintó el Guernica en París en 1937, por encargo del Gobierno de la Segunda República. Jamás lo expuso en Euskadi, nunca visitó Gernika y lo concibió no como un retrato literal del bombardeo, sino como denuncia universal contra la barbarie de la guerra y el sufrimiento de los civiles.
Su trayectoria –París, Nueva York y, desde 1981, Madrid– confirma esa vocación. Picasso lo destinó al conjunto del pueblo español una vez restaurada la democracia, no a un territorio concreto. El problema de fondo es otro: el Guernica no es de nadie en exclusiva. Y precisamente por eso es una de las obras más poderosas del siglo XX.
Inspirado en el horror provocado por el bombardeo de la aviación alemana de la Legión Cóndor que ayudaba a Franco, el cuadro trasciende aquel episodio trágico. No es solo memoria de una villa vasca arrasada; es una condena rotunda a cualquier forma de violencia contra la población civil. Picasso no pintó para una identidad particular, sino contra la guerra y el fanatismo en todas sus formas.
Por eso su ubicación en el Museo Reina Sofía no es un capricho geográfico, sino la decisión más coherente. Allí dialoga con el gran relato del arte del siglo XX y resulta accesible a millones de visitantes de todo el mundo. Reducirlo a símbolo territorial lo empobrecería. A esto se suma que un informe reciente del Reina Sofía desaconseja su traslado por el alto riesgo que supone para su frágil estado de conservación.
Nada de esto niega el vínculo real entre el cuadro y el País Vasco, nacido del horror que lo inspiró. Pero reconocer ese origen no equivale a concederle una propiedad exclusiva. El Guernica pertenece sobre todo a quienes lo interpretan como una advertencia universal contra la barbarie.
Este tipo de demandas, como la planteada por el lehendakari, rara vez se detienen. Por definición, los nacionalismos son insaciables. Responden a una lógica acumulativa en la que cada concesión simbólica abre la puerta a la siguiente. En una época de identidades enfrentadas, algunas obras ganan grandeza precisamente al no pertenecer a nadie. El Guernica es una de ellas. Por eso sigue interpelándonos a todos con la misma fuerza descarnada de 1937.
