¿Los nuevos hijos?
Me ha pasado en las últimas semanas. Tres matrimonios a los que veo con cierta regularidad han renunciado a una cena, a un almuerzo o a un típico plan de fin de semana porque tenían al perro malito y porque dejarlo en casa mientras ellos se divertían les parecía una auténtica crueldad. De verdad que no me lo invento. El de uno de ellos, Lucas, atraviesa un difícil momento psicológico debido a su avanzada edad. El de otra de esas parejas, Nerón, se está recuperando de una lesión en la pata. Bruna, la perrita que la tercera pareja recogió de la calle, padece ataques de epilepsia que se alternan con horribles crisis de angustia. Ante las explicaciones que me daban mis amigos para excusarse, pude percibir en todos los casos que los sentimientos les afloraban sinceramente a flor de piel.
No. No seré yo quien se atreva a juzgar como correcta o incorrecta esa solidaridad con el reino animal, y menos quien se burle de un fenómeno emocional del que en alguna medida yo mismo he participado, aunque sin llegar a esos desvelos. Sé de sobra que, comparta o no ese grado de empatía hacia las mascotas, hablo de un hecho que constituye un genuino rasgo de la sociedad en la que vivimos. De lo que no me privaré es de constatar lo que dicho rasgo tiene de mutación sociológica y de reflexionar sobre sus causas. ¿Son los perros y los gatos los nuevos hijos que adopta una sociedad en la que a su vez ha venido descendiendo notablemente en las últimas décadas el índice de natalidad? ¿Suplantan las mascotas a los niños?.
La verdad es que resulta paradójico que quienes renuncian a la paternidad por temor a las responsabilidades y a los costes económicos que ésta conlleva se entreguen tan enteramente a unos animalitos que demandan, durante los tres lustros que viven por término medio, tanta atención, tantos cuidados y tantos o más gastos como un ser humano en sus primeros años de existencia.
Prueba del indiscutible celo que demandan es que hoy existen centros de día para perros, peluquerías de perros, psicólogos de perros, hoteles de perros… Reciben los más completos y complejos tratamientos médicos, pero aún no se ha creado, sin embargo, una Seguridad Social ni una Sanidad Universal para ellos que mitigue los desembolsos en veterinarios, aunque el populismo de izquierdas ya lo anda reclamando. Otra cuestión es si resultaría o no ético que semejantes instituciones o similares se acaben creando al ritmo ideológico que vamos. Dicho de otro modo, ¿es cabal y moral que varios de nuestros gobiernos autonómicos ya ofrezcan una desgravación en la Declaración de la Renta por la posesión de una mascota cuando España se halla a la cabeza de la pobreza infantil en la Unión Europea?
Si. Detrás o delante de la sentimentalidad animalista está la cuestión ideológica. Uno pertenece a una generación, la de los 'baby boomers', que conoció la vieja escuela en la que al alumno se le pegaba y que ha visto cómo, en un proceso de muy pocos años, se pasaba a una sobreprotección familiar del niño en nombre de la cual el amenazado físicamente ha pasado a ser el propio profesorado. Es la ideología la que en un breve paréntesis temporal ha convertido al niño en un 'bien social' a proteger. Como es también la ideología la que está dando el salto de convertir en un 'bien social' al perro o al gato caseros.
¿Los nuevos hijos? En las series televisivas de Movistar o de Netflix es ya un tópico el policía divorciado al que le quitan la custodia del hijo por no asistir a un cumpleaños o a un partido de fútbol en el que juega el niño, porque se lo impide la resolución de un caso de asesinato. En los actuales divorcios de la vida real es ya una cuestión esencial la custodia compartida de una mascota. El siguiente paso está cantado y me limito a vaticinarlo sin emitir ningún juicio de valor: consistirá en que sea la ausencia del 'padre' en un cumpleaños del perro la propia causa del divorcio.
