La destrucción creativa
Hace más de ocho décadas, el economista Joseph Schumpeter, considerado por muchos como el padre de la innovación, popularizó el término “destrucción creativa”. En términos simples, describe la dinámica del mercado (y de la vida) donde la innovación destruye las estructuras antiguas para crear unas nuevas. Es una regla que aplica para todo: una industria, un modelo de negocio, una relación o una tesis de inversión. Vivimos en constante rediseño, y esa reflexión me lleva a una pregunta inevitable: ¿qué pasará en el mundo de la innovación, las inversiones y el emprendimiento con la explosión de herramientas de Inteligencia Artificial que estamos viendo? Con la llegada de modelos de razonamiento avanzado y agentes autónomos, ¿cómo se conformarán los equipos del futuro? ¿Cómo mutará el proceso de inversión?
A lo largo de la historia, la tecnología no ha destruido el trabajo, sino que lo ha transformado (algo que, siendo honestos, ya hemos escuchado mil veces). Han desaparecido profesiones desde que el principio del tiempo: los faroleros que encendían el alumbrado público a gas, los cortadores de hielo antes de la invención del refrigerador, las operadoras telefónicas y, si miramos aquí en Medellín, ya casi no quedan tramitadores con su máquina de escribir a las afueras de los juzgados. Hoy, el proceso de innovación será dominado por los creativos, los líderes y los estrategas; aquellos que piensan diferente y saben orquestar a su favor estas nuevas herramientas para materializar ideas a una velocidad sin precedentes.
Aquí es donde entra una profunda ironía que quiero llevar a nuestra propia industria: la inversión y el emprendimiento. Los gestores pasamos meses, a veces años, revisando empresas con modelos disruptivos que prometen cambiar los hábitos de consumo o transformar industrias enteras. Los grandes corporativos invierten tiempo y recursos en programas de open innovation buscando startups que puedan sacudir sus estructuras burocráticas desde afuera. Pero ¿realmente lo están logrando? En el caso de los fondos, la contradicción es evidente: algunos siguen evaluando empresas, corriendo simulaciones y haciendo debidas diligencias con grandes equipos de personas y herramientas tradicionales, mientras invierten en startups emergentes que logran hitos increíbles con poca gente, infraestructura ligera y una capacidad de adaptación brutal.
Así como esas empresas emergentes logran pivotar rápido, cambiar su modelo y adoptar nuevas tecnologías casi en tiempo real, los fondos de inversión, las empresas tradicionales y los grandes corporativos están obligados a hacer lo mismo. El mensaje fundamental para cualquier organización sigue siendo el mismo que hace 20 años: hay que transformarse, adaptarse y ser más ágiles. Sin embargo, lo que sí me sorprende es la velocidad y el sentido de urgencia que esto ha tomado en los últimos meses. Como bien dijo Salim Ismail hace ya más de una década: ” Today, if you’re not disrupting yourself, someone else is; your fate is to be either the disrupter or the disrupted. There is no middle ground”.
