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El ingenio de los pájaros

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18.03.2026

La expresión ‘cabeza de Chorlito’ no es de uso común en Colombia, pero la entendemos. Yo la escuché siendo niño, en algún programa de televisión de España o México; sabemos que es un insulto, una manera de decirle a alguien ‘estúpido’. La expresión se originó, al parecer, en España, por la interpretación que alguien le dio al movimiento de unas aves en la playa, los Chorlitos, alguno de tantos de una familia abundante.

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Si buscas en Youtube ‘¿Chorlitos en la playa’ verás varios videos en los que se pueden ver bandadas enormes de estas aves que corren de un lado para el otro, paran de repente, cambian de dirección, inician otra vez la carrera. Ante una observación rápida parece que están haciendo una marcha sin sentido, como ‘tontas’, sin embargo, la observación detenida que ha hecho la ciencia ha permitido entender que ese movimiento se trata de un mecanismo muy sofisticado de caza, que les permite a estas aves alimentarse de sus crustáceos favoritos de una manera eficiente.

Estoy curioso por este tema gracias al libro El ingenio de los pájaros, de Jennifer Ackerman, divulgadora científica que ha dedicado gran parte de su vida a contar los grandes descubrimientos acerca de la inteligencia, lenguaje, cultura –leíste bien: cultura- de las aves. En el libro nos presentan casos que, para mi mente no ilustrada sobre el tema, rayan con lo fantástico:

Los cuervos de Nueva Caledonia que fabrican herramientas, son capaces de doblar un alambre para hacer una especie de gancho y luego darle uso; los arrendajos que esconden comida y luego recuerdan por meses cientos o hasta miles de esos escondites, pero si se dan cuenta de que otro pájaro les ‘pilló’ uno de los escondites, ¡lo cambian!; o varias especies que aprenden su canto escuchando a los adultos, de tal manera que, aves de la misma especie pero ubicadas en diferentes regiones, tienen diferentes tipos de canto, como si fuera una tradición oral, un idioma que se transmite de generación en generación.

Los cuervos de Nueva Caledonia que fabrican herramientas, son capaces de doblar un alambre para hacer una especie de gancho y luego darle uso; los arrendajos que esconden comida y luego recuerdan por meses cientos o hasta miles de esos escondites, pero si se dan cuenta de que otro pájaro les ‘pilló’ uno de los escondites, ¡lo cambian!; o varias especies que aprenden su canto escuchando a los adultos, de tal manera que, aves de la misma especie pero ubicadas en diferentes regiones, tienen diferentes tipos de canto, como si fuera una tradición oral, un idioma que se transmite de generación en generación.

Lee todas las columnas de Julián Bedoya aquí.

El libro trata un caso famoso -especialmente fantástico- de unos cuervos que fueron estudiados por el biólogo John Marzluff, en University of Washington. Él y su equipo capturaron a varios cuervos para marcarlos y estudiarlos, mientras los capturaban utilizaban una máscara de un rostro humano específico, la ‘máscara peligrosa’, después liberaron a los cuervos y empezaron a caminar por el campus con diferentes máscaras, unas neutras y otras idénticas a la ‘máscara peligrosa, el resultado fue que los cuervos comenzaban a gritar, a reunirse en grupos y a atacar colectivamente únicamente a las personas que llevaban la máscara peligrosa. Lo más sorprendente es que los cuervos recordaron esta información por mucho tiempo y la pasaron a la generación siguiente, pues al cabo de 5 años del estudio, el grupo mantuvo la práctica; incluso cuervos nuevos, que nunca habían sido partícipes del estudio, aprendieron a atacar a la máscara peligrosa.

En Colombia encontré algunos casos igualmente fantásticos, los colibríes que recuerdan flores específicas y los tiempos exactos en los que esas flores tardan para recargarse de néctar, para luego volar por ellas con una precisión milimétrica, como si se tratara de una ruta optimizada por un algoritmo moderno; o las guacamayas que aprenden cuáles frutos son seguros para comer o las técnicas para abrir frutos duros, gracias a la observación que hacen de los adultos.

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La diferencia entre lanzar la expresión ‘cabeza de chorlito’ y descubrir el universo de maravillas que les estoy contando fue la observación sistemática que propone la ciencia, esa observación sistemática que todos podemos ejercitar para que se vuelva una manera de pensar. La puerta de entrada a los universos desconocidos es la práctica de detenerse a procesar la información que están recibiendo nuestros sentidos, a integrarla con lo conocido, a hacernos preguntas y a tratar de responderlas. Fomentar esta práctica en nuestra vida nos lleva a disfrutar el placer de descubrir, y hace la diferencia entre ver un montón de chorlitos desubicados o adentrarnos en lo fantástico. Una de las muchas formas como han llamado en la psicología a esta práctica es ‘capacidad apreciativa’.

En uno de sus ensayos, Cortázar se refería a ‘ese sentimiento de lo fantástico’ y, para mí, se refería a la capacidad apreciativa. Les comparto este fragmento:

“En cualquier momento que podemos calificar de prosaico, en la cama, en el ómnibus, bajo la ducha, hablando, caminando o leyendo, hay como pequeños paréntesis en esa realidad y es por ahí, donde una sensibilidad preparada a ese tipo de experiencias siente la presencia de algo diferente, siente, en otras palabras, lo que podemos llamar lo fantástico[…] Consiste, sobre todo, en el hecho de que las pautas de la lógica, de la causalidad del tiempo, del espacio, todo lo que nuestra inteligencia acepta desde Aristóteles como inamovible, seguro y tranquilizado se ve bruscamente sacudido, como conmovido, por una especie de viento interior, que los desplaza y que los hace cambiar”.

“En cualquier momento que podemos calificar de prosaico, en la cama, en el ómnibus, bajo la ducha, hablando, caminando o leyendo, hay como pequeños paréntesis en esa realidad y es por ahí, donde una sensibilidad preparada a ese tipo de experiencias siente la presencia de algo diferente, siente, en otras palabras, lo que podemos llamar lo fantástico[…] Consiste, sobre todo, en el hecho de que las pautas de la lógica, de la causalidad del tiempo, del espacio, todo lo que nuestra inteligencia acepta desde Aristóteles como inamovible, seguro y tranquilizado se ve bruscamente sacudido, como conmovido, por una especie de viento interior, que los desplaza y que los hace cambiar”.

La vida puede volverse un bucle: levantarse, café, guerra, crisis, sol, lluvia, trabajo, saludo, aguacate, ¿postre?, atardecer, alegría, tristeza, descanso, finanzas, chiste, otra vez… pero si observamos detenidamente, si ejercitamos nuestra capacidad apreciativa, veremos la vida llena de paréntesis, de huequitos, de esos pajaritos que te miran y te invitan a adentrarte en lo fantástico. La inteligencia de los pájaros apareció, para nosotros, cuando empezamos a observarlos detenidamente.

¿Te animas a observar mejor y a empezar a descubrir otros mundos fantásticos hoy?

¿Te animas a observar mejor y a empezar a descubrir otros mundos fantásticos hoy?


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