Piedra sobre piedra
Décadas atrás se hablaba de Zapatoca como ese pueblo «limpio, ordenado y tranquilo» que, como suspendido en el tiempo, estaba a «dos horas y media» de Bucaramanga. Hoy el tiempo de viaje se ha reducido (apenas una hora y quince minutos), pero la promesa de progreso implícita en esa cercanía se quedó atascada en el camino.
Porque si algo ya no admite añadidos es aquella vieja tríada. Ni tan limpio, ni tan ordenado, ni mucho menos tan tranquilo. Lo que antes era carta de presentación hoy es pura nostalgia, como si el progreso tuviera la extraña consecuencia de deteriorar aquello que toca.
Atrás quedaron también, y no por casualidad, los tiempos en que Zapatoca, y todo Santander, se imaginaban como promesa. En La otra raya del tigre, todo el departamento aparecía casi como una contraseña de futuro, un lugar al que se llegaba movido por una intuición de prosperidad y fortuna.
«Santander», decía la voz, como si bastara nombrarlo para abrir un horizonte. Ciudades y pueblos blancos, oficios en marcha, ritmos que ordenaban la vida. Y en su corazón, Zapatoca, con sus tardes tejidas a mano, con su clima perfecto, con su aire seco, tan propicio para el pensamiento, para la labor, para el descanso.
Hoy en día, sin embargo, la imagen idílica se desmorona al primer contacto con la realidad. La malla vial........
