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¿El coloquio de los pájaros?

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27.03.2026

Colombia suele aparecer con frecuencia liderando los rankings globales de biodiversidad. Es uno de los territorios más diversos del planeta y, en lo que respecta a las aves, ocupa el primer lugar mundial, con más especies registradas que cualquier otro país.

Desde los páramos andinos hasta la Amazonía y las costas tropicales, el país concentra una riqueza ornitológica extraordinaria, casi desproporcionada frente a su tamaño: alberga entre 1.900 y 1.966 especies, lo que representa cerca del 20% del total global.

Esta extraordinaria diversidad se explica fácilmente, lo cual no la hace menos, sino más maravillosa. Su ubicación en la zona ecuatorial, con luz y temperaturas relativamente estables todo el año; la presencia de tres ramales de la cordillera de los Andes, que crean múltiples pisos térmicos en distancias cortas; dos océanos, llanos, páramos y la Amazonía… Una mezcla que produce la enorme variedad de hábitats y microclimas que le permiten a especies muy diferentes encontrar nichos específicos donde vivir.

Ahora bien, ¿y si esa abundancia y variedad, ese fondo constante de cantos, colores y movimiento, fuera algo más que paisaje y riqueza natural? ¿Y si, silenciosamente, tal variedad pudiera influir en la calidad de vida y en la salud de sus habitantes? Colombia, sin que muchos lo sepan, ha estado rodeada durante siglos de una de las formas más simples y subestimadas de bienestar y armonía.

En un estudio reciente del Rotman Research Institute, publicado en la revista Journal of Neuroscience y recogido por la National Geographic (ver aquí), se encontró que la observación de aves no es solo un pasatiempo contemplativo, sino una actividad capaz de influir directamente en la estructura del cerebro.

Al comparar mediante resonancias magnéticas a 58 personas, la mitad de ellos observadores expertos y la otra mitad sin experiencia, los investigadores hallaron que quienes practicaban este pasatiempo presentaban un tejido cerebral más denso y complejo, especialmente en áreas relacionadas con la atención y la percepción visual.

Según explicó el neurocientífico Erik Wing, estas diferencias se reflejan incluso en la forma en que el agua se mueve dentro del cerebro, un indicador de mayor flexibilidad y eficiencia neuronal.

Los resultados sugieren que el cerebro de los observadores experimentados ha desarrollado una suerte de «afinamiento» cognitivo: cuando se enfrentan a estímulos nuevos, como aves desconocidas, las regiones especializadas se activan con mayor intensidad para procesar la información.

Este fenómeno respalda la teoría de la neuroplasticidad, según la cual el esfuerzo mental sostenido puede moldear físicamente el cerebro, como si fuera un músculo más. En este caso, la exigencia de identificar especies en entornos cambiantes, detectando patrones, colores y movimientos sutiles, convierte a la observación de aves en un ejercicio cognitivo complejo, comparable con actividades como aprender un idioma o tocar un instrumento.

Más aún, el estudio apunta a que este tipo de entrenamiento podría ralentizar el deterioro natural del cerebro asociado al envejecimiento. Los investigadores observaron que la pérdida de complejidad del tejido cerebral avanzaba más lentamente en los expertos, lo que sugiere un efecto protector a largo plazo.

Aunque los autores reconocen que no puede descartarse por completo que algunas de estas ventajas existieran previamente, la evidencia coincide con investigaciones anteriores sobre bilingüismo o práctica musical: desarrollar habilidades exigentes y sostenidas en el tiempo puede contribuir a preservar la salud cognitiva.

En un reportaje del año pasado de The New York Times, con fotografías de Federico Ríos (ver aquí), se retrataba cómo Colombia había pasado de ser un territorio vedado por el conflicto armado a uno de los destinos más fascinantes del mundo para la observación de aves.

Durante más de medio siglo, la presencia de las FARC mantuvo fuera a científicos y aficionados de vastas regiones. Tras el acuerdo de paz de 2016, muchas de estas zonas se abrieron, desatando un auge del ecoturismo y permitiendo explorar ecosistemas antes inaccesibles, donde hoy se siguen descubriendo nuevas especies.

También, en febrero de este año, lo recogía el diario El País de España en otro reportaje (ver aquí). Científicos, guías y observadores de aves han coincidido en que el canto de las aves no solo tiene valor ecológico, sino además efectos positivos sobre el bienestar mental.

Actividades como escuchar, identificar y seguir aves en entornos naturales pueden reducir el estrés y mejorar el estado de ánimo, integrando ciencia, turismo y conservación en un escenario perfecto y, ahora, menos violento: Colombia, «la farmacia natural más biodiversa del planeta».

En El coloquio de los pájaros, Farid al-Din Attar narró el viaje de todas las aves del mundo en busca de su rey, el Simurg, guiadas por la abubilla sabia. En el camino atravesaron siete valles que simbolizaban etapas del crecimiento espiritual (la búsqueda, el amor, el conocimiento, el desapego, la unidad, el asombro y la aniquilación del ego).

Aunque la mayoría abandonó la aventura, incapaz de resistir a las pruebas, treinta llegaron al final, y, para sorpresa suya, descubrieron que ellas mismas eran el Simurg (que precisamente significa «treinta aves»), y que aquello que buscaban no era un ser distinto o exterior a ellas. La luz de la divinidad las constituía. Ellas eran el reflejo de la divinidad, y la divinidad era su reflejo; ellas eran a la vez lo que buscaba y lo buscado.

En un mundo en guerra y desangrado, en un mundo que ansía desesperadamente soluciones a sus problemas de salud mental sin dejar de destruir y contaminar sus entornos, en una sociedad que quiere envejecer más lúcidamente pero no sabe cómo, Colombia tiene un don inesperado, simple y humilde, que mientras que sana, instruye y alegra.

Mirar, escuchar y habitar esta despampanante biodiversidad. No como un lujo turístico, sino como una práctica silenciosa de bienestar que, para suerte nuestra, está al alcance de la mano (y «de la ventana») tanto en la selva más remota como en la más populosa de las ciudades: es, no lo olviden, el nunca tan alabado como se debe coloquio de los pájaros.


© Vanguardia