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Lo obsceno

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14.02.2026

En un tiempo —remoto, casi arqueológico— era obsceno hacer algunas cosas: exhibir lo íntimo, ventilar la alcoba, hacer explícitas la sexualidad o las inmundicias (llagas, excrementos físicos y morales). Pero también era obsceno pavonear la ignorancia, la bajeza, el pillaje y la corrupción. Obsceno, en suma, era desnudar lo que se tapaba por pudor o por simple higiene espiritual.

Después, con el paso del tiempo, el territorio de lo obsceno se redujo al sexo. Como si la única impudicia posible fuera la piel expuesta. Y el sexo —¡qué injusticia!— es bastante más natural y menos repugnante que muchas miserias humanas, como la plata mal habida, la ignorancia, la maldad y la perversión, que hoy se exhiben sin recato.

Lo que antes era mal gusto hoy es ‘contenido’; lo que antes era vergüenza hoy es ‘tendencia’. Erradicación incluso semántica: la palabra obsceno ni se usa. Vivimos en la era del exhibicionismo desvergonzado, del derroche como identidad, del consumo desproporcionado convertido en competencia pandémica. Algo debe significar esta compulsión por mostrarnos, por inflar cada acontecimiento ordinario hasta volverlo espectáculo.

Antes la gente se graduaba del colegio o de la universidad con una ceremonia sobria y una comida familiar. Se casaban y celebraban con los suyos para anunciar un vínculo exclusivo —en esa época de garrote y caverna en la que el poliamor era pecado clandestino y la poligamia consecutiva, un escándalo (el drama siempre tiene algún lugar)—. El rito importaba más que la escenografía. La fiesta era participación, no producción cinematográfica.

Hoy los niños se gradúan de preescolar, primaria, bachillerato y cualquier etapa intermedia como si acabaran de descubrir la penicilina. Y cada cumpleaños infantil tiene su fiesta temática, su fotógrafo aéreo, su decoración conceptual. Pero la medalla de oro se la llevan los matrimonios: orquestas importadas, escenografías estrafalarias, gastos descomunales, destinos caprichosos (Italia, Grecia para dos locales, como un par de enfriadísimos y castizos pastusos casándose en la árida y plástica Dubái). Un tanto obsceno.

Los gastos hablan solos: es el intento del “new rich” por comprar, con escenografía, la legitimidad del “old money”. Como en El gran Gatsby (1925) de F. Scott Fitzgerald: Jay lanza luces y champaña para rozar la orilla inaccesible de los Buchanan. Pero ahora todos quieren ser Gatsby, aunque no tengan mansión sino crédito rotativo o un botín de la corrupción estatal o del narco. La sociología ha descrito estos momentos de hipertrofia de la imagen como síntomas de crisis cultural. Cuando la forma suplanta al fondo, algo se ha agotado; Oswald Spengler lo insinuó: el lujo ostentoso es signo de infertilidad creativa. Una mueca grotesca de la estupidez o el triste vacío interior que necesita barullo para no oírse a sí mismo.


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