Una amistad con mucha química
En el barrio Cabecera, donde el sol cae como sentencia a las cuatro de la tarde, suele aparecer Luis Aurelio Prada, a quien en el gremio bautizaron hace décadas como Químico Lucho. No es apodo gratuito: ha hecho de los productos químicos y los perfumes un oficio, y del oficio, una ética. Entre matraces invisibles y fragancias que huelen a memoria, levantó empresa y carácter.
Conocí a Lucho hace casi 40 años, en casa de unos amigos de mis padres, cuando todavía discutíamos de fútbol con la misma pasión con la que hoy discutimos una tilde. Porque si algo le importa, además de un buen clásico dominical, es la ortografía. Corrige con elegancia, como quien acomoda la defensa en un tiro de esquina. Lee con disciplina monástica y resuelve crucigramas como si estuviera descifrando el ADN del idioma.
Está cerca de los ochenta, pero camina con la prisa de un juvenil en final de campeonato. Ha recorrido casi treinta países, y de cada viaje trae una historia, un........
