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Una amistad con mucha química

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29.03.2026

En el barrio Cabecera, donde el sol cae como sentencia a las cuatro de la tarde, suele aparecer Luis Aurelio Prada, a quien en el gremio bautizaron hace décadas como Químico Lucho. No es apodo gratuito: ha hecho de los productos químicos y los perfumes un oficio, y del oficio, una ética. Entre matraces invisibles y fragancias que huelen a memoria, levantó empresa y carácter.

Conocí a Lucho hace casi 40 años, en casa de unos amigos de mis padres, cuando todavía discutíamos de fútbol con la misma pasión con la que hoy discutimos una tilde. Porque si algo le importa, además de un buen clásico dominical, es la ortografía. Corrige con elegancia, como quien acomoda la defensa en un tiro de esquina. Lee con disciplina monástica y resuelve crucigramas como si estuviera descifrando el ADN del idioma.

Está cerca de los ochenta, pero camina con la prisa de un juvenil en final de campeonato. Ha recorrido casi treinta países, y de cada viaje trae una historia, un aroma, una palabra nueva. Dice que el mundo es un laboratorio y que uno nunca termina de aprender la fórmula exacta de la amistad.

A veces hablamos más de la vida que del deporte, pero siempre regresamos al punto de partida: la lealtad. Lucho es de esos amigos que no se evaporan con el tiempo. Como los buenos perfumes, permanece. Y en esta cancha larga de la existencia, tenerlo en el equipo ha sido, sin duda, mi mejor fichaje.

Mi vida como escritor empezó en Barranquilla, siendo niño; veía a mi bisabuelo Felipe Santiago Rosado Martínez construir sus artículos para los diarios de La Arenosa. Conservador como ninguno, era poeta de nacimiento y declamaba con fervor. Recordaba en sus escritos nostálgicos, las cinco veces que ocupó la silla como primera autoridad de la capital del Atlántico y también sus duelos orales en el Teatro Emiliano Vengoechea con su gran amigo Julio Flórez, el poeta chiquinquireño. En las tardes calurosas de la tierra que vio nacer a mi recordada madre, ingresaba a su estudio privado, lugar sagrado para leer y jactarse de sus innumerables libros, para extrañar a mi bisabuela Maria Luisa Magri con esta hermosura de estrofas: “Hermosa como el sol de mediodía, como una virgen oriental a cuestas, te vi una noche reina de la fiesta, exhibiendo tus gracias a porfía. Te vi en un baile y mi corazón latía, al verte en los compases de la orquesta, como una palma cimbradora enhiesta, derramar tus fulgores y ambrosía”.

Estoy seguro que mi bisabuela, una hermosa samaria de origen italiano, cayó rendida en los brazos del espigado y buen mozo bisabuelo con el remate del poema: “No he podido olvidarte aún parece, que te admiro danzando en mi delirio, y que tu imagen no se desvanece. Rubia del corazón, rubia querida, si trocaras en gozo mi martirio, no sé lo que te diera, ¡hasta la vida!” En mi corta vida como escritor menor, he tenido grandes maestros como correctores de estilo; son ellos: Eduardo Muñoz Serpa, Pastor Virviescas, José Oscar Machado y Alberto Galvis Ramírez. No soy García Márquez, ¡pero me doy mis lujos! El otro, es Luis Aurelio, “viejo triple querido”, como le digo con cariño. Nuestras tertulias en su oficina están acompañadas de un café, una torta o una mestiza de El Maná. Las risas y carcajadas son el pan nuestro de cada reunión junto a sus adorables hijos. Es más, yo me siento como uno de ellos; siempre lo saludo con un tierno beso, al cual le costó trabajo acostumbrarse, pero lo logró. Me corrige con respeto y sabiduría, estudia mis textos y les dedica tiempo. Eso es amor, amor de amigo, de esos que se extinguen poco a poco.

Mamador de gallo como ninguno, encontró su otro yo, en mí. Me siento halagado con tu amistad y tus silencios. Fíjate que esta vez no te tuve que llamar para corregir mi escrito; espero que lo haya hecho bien. Te mereces estas palabras, porque la amistad se basa en la química que brota del corazón. Te quiero mucho, no lo olvides.


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