El misterio del HK- 17 16
En noviembre de 2025 llegaron a mi casa unos amigos de Teleclic Colombia, Carlos Melo y Leonardo Lemus, quienes realizan trabajos de producción para el Canal TRO con sede en Cúcuta; ellos me visitaron con el único fin de entrevistarme para un documental que lleva por título “Vuelo 410” y está al aire todos los martes por el medio regional. Ellos habían leído mis columnas en Vanguardia con respecto al tema, las que escribí durante los últimos 16 años en las páginas de nuestro diario, ya que a medida que corren las hojas del calendario, siguen apareciendo historias respecto al accidente del avión de Avianca en el Cerro del Espardillo muy cerca de la frontera con Venezuela, el miércoles 17 de marzo de 1988. Es más, en dos días se conmemoran 38 años de ese inolvidable suceso que nos impactó y todavía tenemos que apretar los cinturones de seguridad del alma porque nos sacude una turbulencia de recuerdos imborrables, al tiempo que derramamos combustible por nuestras turbinas oculares.
Cuando vi los videos de dicho documental, encontré un testimonio que me sorprendió: el de Omar Antonio, hijo del ‘Negro Grande de Colombia’ José Antonio Churio, quien afirma que ellos se embarcaron en ese fatídico vuelo que tenía la ruta Bucaramanga- Cúcuta-Cartagena y 38 años después el periodista asegura que desde antes de despegar, en la cabina del avión piloteado por Francisco Ardila iban dos tipos que nunca salieron de la misma, ni siquiera cuando hicieron la escala en el Aeropuerto Camilo Daza de Cúcuta. Mi compañero de estudios en la UNAB, iba a narrar el Clásico del Oriente por RCN junto a su padre y de paso, aprovecharían para visitar a Alex, hijo de José Antonio y hermano de Omar, quien vestía la camiseta del onceno motilón. Tan pronto vi el video promocionando el especial periodístico, llamé a Omar y le pedí el favor de que entrevistara al lateral izquierdo de varios equipos de nuestro profesionalismo.
Cuál no sería nuestra sorpresa al escuchar de boca de Alex lo siguiente: “Nosotros estábamos en la concentración y nos enteramos del accidente por medio de la televisión venezolana y en la lista de pasajeros estaban usted y mi papá. De una vez le dije al profesor Jaime Silva que no jugaba y llamé a Claudia mi esposa. Ella me tranquilizó y me dijo que no me preocupara, que ustedes no se habían matado, que estaban en mi apartamento. Me temblaba todo, más aún, fuimos al estadio General Santander y en la cancha estaban unas bolsas negras con los restos de los pasajeros del avión, nos tocó jugar con ese dolor porque yo conocía a Frascuelli y a muchos que murieron ahí”.
Escuchando a Alex pensé lo siguiente: voy a volver a buscar a María Eugenia Rueda Beltrán, esposa del volante argentino Roberto Frascuelli con quien se conoció cuando el jugador llegó al Atlético Bucaramanga en 1973. Se casaron el 17 de diciembre de 1977 y formaron un hermoso hogar que se completó con la llegada de Roberto Carlos y Carolina. Compraron un apartamento en Bucarica y luego del retiro del profesionalismo consiguió trabajo entrenando los equipos de Ecopetrol; primero en Bogotá y luego en Barrancabermeja. Es más, Eusebio Vera Lima me dijo hace días que a él le ofrecieron ese puesto, pero el delantero les dijo: “No, déjenle ese cargo a Roberto, más bien yo les hago los uniformes. Es increíble y triste Pipe, el muerto hubiese sido yo”. Jamás voy a olvidar que mientras los integrantes del Combo Deportivo de Caracol hacíamos la siesta en el Hotel El Samán, el gerente del Atlético Bucaramanga Alonso Lizarazo casi tumba la puerta de mi habitación a eso de la 1:40 de la tarde y me gritó: “prenda el radio, se mató Frascuelli”. No solo Frascuelli, también 142 personas entre pasajeros y tripulantes, sin contar los que iban de pie en la cabina. Los únicos que se salvaron fueron los tres borrachos que nunca abordaron por su avanzado estado de ebriedad y los conocimos esa noche en el hotel de concentración del Bucaramanga.
