El aldeano de Schrödinger o cómo opinar sobre el mundo si no hay con qué compararlo
Hay una costumbre humana, muy filosófica y bastante cómica: comentar el mundo entero como si lo tuviésemos encima de la mesa, al lado del café y de las notas de trabajo. Schopenhauer lo habría descrito como un lugar triste y mal hecho, Leibniz, como el mejor de todos los mundos concebibles. Dicho con semejante seguridad, uno casi sospecha que los filósofos disponían de un catálogo comparado de mundos, con reseñas y política de devolución.
El Premio Nobel de Física y padre de la mecánica cuántica Erwin Schrödinger (1887-1961), que no era precisamente un enemigo de la ciencia, se tomó muy en serio esta rareza. En su obra Mi concepción del mundo, el físico austriaco se detiene en algo que, de tan cotidiano, casi parece invisible: abrimos los ojos y ya hay mundo. Cosas, cuerpos, horarios, noticias, enfermedades, facturas y vecinos. Todo muy razonable. Todo muy normal. Tan normal que empieza a resultar sospechoso.
La metáfora del aldeano
Schrödinger introduce entonces una imagen magnífica. Pensemos en un hombre que jamás ha salido de su aldea. Nació allí, creció allí, conoció allí el verano, el invierno, la lluvia, el polvo, la humedad, el tedio y la........
