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Venezuela y Nicaragua: La comparación equivocada, por Rafael Uzcátegui

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11.09.2026

Venezuela y Nicaragua: La comparación equivocada, por Rafael Uzcátegui

En la discusión sobre la transición venezolana ha comenzado a aparecer una nueva hipótesis: la repetición del efecto Nicaragua.Según esta lectura, una transición demasiado rápida permitiría que el chavismo hiciera lo mismo que el sandinismo: entregar el poder, conservar sus fuerzas, reorganizarse y regresar poco tiempo después.

De allí se desprende un diagnóstico que comienza a escucharse entre algunos sectores cercanos a la mesa de diálogo: es preferible una transición «a fuego lento».

El ejemplo merece ser discutido. Sobre todo porque la historia de Nicaragua ocurrió de una manera bastante diferente.

El Frente Sandinista de Liberación Nacional llegó al poder en Nicaragua en 1979 después de derrotar a la dictadura de Anastasio Somoza.

No fue un acontecimiento menor. La dinastía somocista había gobernado el país durante décadas mediante una mezcla de autoritarismo, corrupción y represión. Por esa razón, los sandinistas despertaron enormes simpatías dentro y fuera del país.

Su nuevo gobierno produjo cambios que dejaron una huella importante. Impulsó una campaña masiva de alfabetización, amplió servicios sociales y realizó una reforma agraria.

Durante los años siguientes, su gestión estuvo caracterizada por el combate a la «Contra», una fuerza armada apoyada y financiada por Estados Unidos.

Esa parte de la historia es cierta. Pero no es todo lo que sucedió. La revolución había comenzado con una coalición relativamente amplia. La propia Violeta Barrios de Chamorro, que años después derrotaría electoralmente a Daniel Ortega, formó parte de la Junta de Gobierno instalada después de la caída de Somoza.

Con el tiempo, sin embargo, el poder se fue concentrando alrededor del Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN).

Nicaragua no se convirtió en una copia exacta del castrismo cubano. Continuaron existiendo partidos opositores, medios privados y ciertos espacios de pluralismo.

Nicaragua no se convirtió en una copia exacta del castrismo cubano. Continuaron existiendo partidos opositores, medios privados y ciertos espacios de pluralismo.

En 1984 se realizaron elecciones y Ortega fue elegido presidente. Pero la competencia ocurría sobre un terreno muy desigual.

El partido gobernante construyó una relación estrecha con el Estado, las Fuerzas Armadas y las organizaciones sociales.

Hubo censura y restricciones a los medios. El periódico «La Prensa», que había sido uno de los símbolos de la resistencia contra Somoza, fue sometido a censura en diferentes momentos.

Hubo detenciones arbitrarias y restricciones a la actividad opositora. También se cometieron graves abusos contra comunidades indígenas de la Costa Caribe, incluyendo desplazamientos forzados.

La guerra sirvió como explicación y justificación para muchas de esas decisiones. Y, efectivamente, la guerra existía: la Contra cometió atrocidades con apoyo de Estados Unidos.

Pero una agresión externa no convertía cualquier decisión del gobierno en una medida necesaria para defender al país. La situación bélica produjo además otro fenómeno: militarizó la vida cotidiana. El servicio militar obligatorio se hizo particularmente impopular.

Pero una agresión externa no convertía cualquier decisión del gobierno en una medida necesaria para defender al país. La situación bélica produjo además otro fenómeno: militarizó la vida cotidiana. El servicio militar obligatorio se hizo particularmente impopular.

Miles de familias tenían hijos combatiendo. A finales de los ochenta, a ese cansancio se sumaban la escasez, el empobrecimiento y una inflación descontrolada.

Por ello, después de una década de revolución, la sociedad nicaragüense estaba exhausta.

Una elección que el sandinismo esperaba ganar

En 1990 se realizaron elecciones. Y aquí comienza uno de los malentendidos que hoy circulan en Venezuela.

Daniel Ortega no convocó unas elecciones que pensaba perder para entregar temporalmente el gobierno, reorganizarse y regresar unos años después.

Por mal cálculo o divorcio con la realidad, el sandinismo tenía toda la expectativa de ganar.

Su adversaria era Violeta Barrios de Chamorro, candidata de una amplia y muy heterogénea coalición opositora.

Su figura tenía una característica especialmente importante: era difícil identificarla con el pasado somocista.

Su esposo, Pedro Joaquín Chamorro, director de «La Prensa», había sido uno de los principales opositores a Somoza. Su asesinato en 1978 aceleró la movilización contra la dictadura.

Violeta había participado inicialmente en el gobierno revolucionario y luego se había distanciado del sandinismo. Por........

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