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Aficiones de campo, por Marcial Fonseca

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10.04.2026

Aficiones de campo, por Marcial Fonseca

Agradecido a mi hijo Juan Marcial por la historia.

Desde primaria tenía ese comportamiento. Todavía en el Grupo Álamo es recordado por los docentes, la vez que el maestro de tercer grado preguntó dónde y cuándo nació nuestro Libertador Simón Bolívar. El muchacho rápidamente se levantó y contestó:

–Yo sé, yo sé, bachiller – En Duaca, los alumnos se dirigían a sus maestros con el título de bachilleres, si eran hombres; y señoritas, si eran damas, sin importar que estas fueran ya abuelas.

–Díganoslo en voz alta, por favor –le ordenó el docente,

–Nació en Cumaná el 21 de noviembre de 1790 –contestó desde su asiento.

En verdad que la respuesta la dijo con parsimonia y lentitud, y luego se volteó para saborear la cara de envidia de sus condiscípulos, que en realidad eran rostros de sorpresa. Un compañero simuló una pistola con su mano derecha y se disparó en la sien. El niño, alegre por la ayuda que le estaban dando, completó su respuesta:

–Y para más señas, bachiller, murió de un disparo en la cabeza; en pocas palabras, se suicidó.

Pasaron los años, su folklorismo disminuyó, terminó su bachillerato sin muchos aspavientos, e ingresó a la universidad y de esta salió graduado de ingeniera civil. Regresó a su pueblo donde el MOP proyectaba la carretera Duaca-Aroa.

Fue al ministerio y consiguió trabajo como ingeniero residente. En una pensión cercana a la iglesia duaqueña alquiló una habitación por la duración de su contrato con la empresa de ingeniería responsable de la construcción de la vía.

En el tiempo libre que le quedaba se dedicaba a su pasiones preferidas, a observar y admirar las aves de tamaño pequeño y cantarinas; así como a estudiar las culebras. De estas, disfrutaba lo sinuoso de sus desplazamientos y el colorido de su piel, pero estaba muy consciente de lo peligroso que eran.

En el tiempo libre que le quedaba se dedicaba a su pasiones preferidas, a observar y admirar las aves de tamaño pequeño y cantarinas; así como a estudiar las culebras. De estas, disfrutaba lo sinuoso de sus desplazamientos y el colorido de su piel, pero estaba muy consciente de lo peligroso que eran.

Se informó de que las de esa zona eran venenosas y de que había una de color verde, llamada Lora, que le gustaba reptar a los árboles y desde ellos saltar sobre las presas que pasaran cerca. Luego de una semana en el campo ya estaba en conexión con la naturaleza.

El vigilante de la obra, que además debía estar pendiente de los animales peligrosos dentro de la tienda oficina, había sido autorizado a contratar a un muchacho local para ahuyentar a las mapanares, que era la serpiente más común en el área; pero el contratado respondió que él prefería matarlas que espantarlas; se lo aceptaron.

*Lea también: El cuarenta y dos, por Gisela Ortega

Hubo un día muy fructífero para este: logró liquidar seis en una mañana; cuando llegó el ingeniero, se las mostró colgadas de una rama que había cortado de una mata de guayaba. El jefe le dijo que le iba a tomar una foto y le pidió que posara; hizo varias tomas y después le solicitó al muchacho que le sacara unas fotografías a él.

Luego de enseñarle rápidamente como manejar la cámara, tomó el palo con las culebras y posó. El muchacho disparó la cámara varias veces, de repente, extrañado, miró hacia la escena y empezó a contar.

Luego de enseñarle rápidamente como manejar la cámara, tomó el palo con las culebras y posó. El muchacho disparó la cámara varias veces, de repente, extrañado, miró hacia la escena y empezó a contar.

–Una, dos, tres,… cuatro, cinco,… – extrañado, miró a los alrededores del que posaba, y gritó: – ahí falta una culebra.

El ingeniero soltó el palo y salió corriendo. En las siguientes inspecciones, en sus ratos de descanso se dedicaba a la ornitología.

Marcial Fonseca es ingeniero y escritor 

TalCual no se hace responsable por las opiniones emitidas por el autor de este artículo

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