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El autoengaño de subestimar al adversario (II), por Luis Ernesto Aparicio M.

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26.03.2026

El autoengaño de subestimar al adversario (II), por Luis Ernesto Aparicio M.

A partir de la reflexión anterior sobre la tendencia de la oposición a acusarse a sí misma, conviene detenerse en otro problema recurrente.

Debo advertir que, cada cierto tiempo, también reaparece en el discurso opositor una afirmación que, más que un análisis político, parece una declaración de deseos: que el chavismo es un fenómeno «residual».

La palabra suena contundente, casi liberadora. Residual implica algo que ya no tiene fuerza, un resto marginal de lo que alguna vez fue poderoso.

Pero cuando esa expresión se aplica a la realidad política venezolana, el problema no es semántico: es estratégico.

El movimiento político fundado por Hugo Chávez no fue un episodio breve en la historia contemporánea del país.

Durante más de dos décadas construyó una estructura de poder que abarca instituciones, redes sociales, lealtades políticas, mecanismos de propaganda y una narrativa capaz de movilizar identidades y emociones colectivas.

Incluso después de su muerte, el sistema político que dejó en marcha ha demostrado una notable capacidad de adaptación.

Reducir todo ese fenómeno a algo «residual» no solo es un error analítico. También revela uno de los problemas más persistentes de la política venezolana: la superficialidad del discurso.

Subestimar la capacidad del adversario —incluso en contextos de evidente desgaste— no lo hace desaparecer; por el contrario, impide comprender cómo se adapta, resiste y, en muchos casos, logra sostenerse.

Subestimar la capacidad del adversario —incluso en contextos de evidente desgaste— no lo hace desaparecer; por el contrario, impide comprender cómo se adapta, resiste y, en muchos casos, logra sostenerse.

No se trata de defender al chavismo ni de exagerar su fortaleza, mucho menos de dejar a la oposición mal parada —de eso se han encargado ellos mismos—.

De allí que es oportuno advertir que el desgaste social del proyecto bolivariano es evidente y profundo. Sin embargo, confundir desgaste con irrelevancia es una forma peligrosa de autoengaño.

El chavismo ha logrado sostenerse en el poder no solo por el control institucional, militar o económico que ha consolidado a lo largo del tiempo, sino también porque ha sabido aprovechar las debilidades de sus adversarios.

Entre ellas, la tendencia a simplificar la realidad política en consignas, frases efectistas o diagnósticos apresurados.

La superficialidad política termina siendo, paradójicamente, uno de los combustibles que necesita el propio sistema para mantenerse.

Mientras el análisis se reduce a eslóganes y deseos de verlos acabados, el poder continúa operando con paciencia estratégica.

Ese fenómeno no es nuevo. En regímenes con rasgos autoritarios, la propaganda y la construcción de narrativas emocionales suelen desempeñar un papel central para consolidar el poder político y movilizar apoyos —o miedos— dentro de la sociedad.

Pero el problema no está únicamente en el oficialismo. También aparece en sectores opositores que, en lugar de comprender la complejidad del adversario, prefieren minimizarlo.

Y cuando se minimiza al adversario, se pierde la capacidad de derrotarlo. La historia reciente ofrece ejemplos claros: figuras políticas que en sus inicios fueron desestimadas como irrelevantes o pasajeras, como ocurrió con Javier Milei en Argentina, terminaron capitalizando precisamente ese error de cálculo para consolidar poder.

Subestimar al adversario no lo debilita; por el contrario, le permite avanzar sin ser comprendido, y, por tanto, sin ser enfrentado con eficacia.

*Lea también; Cuando la oposición se equivoca de adversario, por Luis Ernesto Aparicio M.

La política, especialmente frente a sistemas autoritarios, exige algo más que entusiasmo o indignación. Exige comprensión profunda de las estructuras de poder, de las bases sociales que las sostienen y de las estrategias necesarias para transformarlas.

Por eso, afirmar que el chavismo es «residual» no solo describe mal la realidad. También refleja una forma de pensar la política que ha demostrado ser insuficiente para enfrentarla.

Por eso, afirmar que el chavismo es «residual» no solo describe mal la realidad. También refleja una forma de pensar la política que ha demostrado ser insuficiente para enfrentarla.

Si la oposición venezolana quiere superar el largo ciclo político inaugurado hace más de dos décadas, uno de los primeros obstáculos que deberá enfrentar no está únicamente en el aparato de poder del chavismo.

También está en la necesidad de superar la superficialidad con la que muchas veces se analiza y se comunica la propia lucha política.

Porque en política, las palabras no son inocentes: cuando sustituyen al análisis, terminan convirtiéndose en parte del problema.

Luis Ernesto Aparicio M. es periodista, exjefe de prensa de la MUD

TalCual no se hace responsable por las opiniones emitidas por el autor de este artículo.

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