Es urgente refundar el VAR antes de que se cargue el fútbol
Es urgente refundar el VAR antes de que se cargue el fútbol
El árbitro Martínez Munuera señala una falta contra el Barcelona, durante el partido de ida de la semifinales de la Copa del Rey que Atlético de Madrid y FC Barcelona disputan este jueves en el estadio Metropolitano, en Madrid / EFE
Hubo un día no tan lejano en el que el VAR entró en nuestras vidas con el honorable propósito de arreglar de una vez para siempre el endémico problema del arbitraje en el fútbol y, especialmente, en el fútbol español. La tecnología tenía que venir a salvarnos de los viejos y oscuros intereses que condicionaban la supuesta imparcialidad de los árbitros. Por fin, nos decían, la objetividad se abriría camino en la imprecisa, subjetiva y siempre influenciable aplicación del reglamento.
Pero aquel sueño, si es que llegó a existir, se ha desvanecido como el triste despertar de un cuento de hadas. El VAR no solo no ha solucionado el problema de raíz, sino que se ha convertido en un sospechoso artefacto que ha terminado por rearbitrar las jugadas decisivas con criterios a menudo desconocidos y sin ninguna transparencia.
El instante exacto en el que constatamos definitivamente que el rey va desnudo fue el famoso minuto 52 de las semifinales de Copa en el Metropolitano cuando asistimos en directo a una esperpéntica demora de siete minutos para terminar decidiendo una anulación de un gol del que, objetivamente, no había pruebas suficientes para anular.
El escándalo no fue la decisión en sí misma, sino cómo se llevó a cabo: sin límite temporal, sin base científica alguna (líneas tiradas manualmente) y con supuestas pruebas que en realidad no probaban nada. El colmo fue un comunicado folclórico del CTA justificando el esperpento por “la densidad de jugadores”, una explicación inverosímil, y la decisión, nada inocente, de no hacer públicos los audios de los siete minutos.
Lo que se demostró en estos momentos aciagos es que el VAR ni es científico ni es transparente. La tecnología se ha convertido con el tiempo en una mera coartada para avalar rectificaciones incomprensibles, y la falta absoluta de transparencia ha transformado el VAR en un joystick de no se sabe quién para dirigir el destino de los partidos.
No hay más remedio que exigir una revolución total en la que los criterios estén mucho más claros, se limite el tiempo de actuación (si hay una pausa de más de tres minutos, debe prevalecer el criterio inicial del árbitro), se obligue a hacer públicos los audios y se explique cómo funciona de verdad el pretendido semiautomático y todas las tecnologías implicadas.
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Aclarémoslo: el Barça ni perdió por el VAR ni el escándalo puede tapar su lamentable primera parte. Pero el Barça sí puede, y debe, liderar el cambio profundo que necesita el fútbol español antes de que siga deslizándose por una peligrosa pendiente en la que puede terminar sustituyendo el deficiente arbitraje de siempre por un todavía peor sistema de rearbitraje en un cuarto oscuro. Está en juego la credibilidad del fútbol.
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