menu_open Columnists
We use cookies to provide some features and experiences in QOSHE

More information  .  Close

Trump, la manada y el poder sin fronteras

13 0
yesterday

Donald Trump no viaja solo. Viaja el presidente, viaja el empresario, viaja el apellido, viajan los hijos, viajan los negocios, viajan los asistentes más cercanos y viaja todo un ecosistema personal que se mueve con extraordinaria naturalidad entre familia, política, poder y marca. El problema empieza cuando resulta cada vez más difícil distinguir dónde termina una cosa y comienza la otra. Y eso es precisamente lo que vuelve a ocurrir alrededor de Trump: no porque cada episodio sea necesariamente ilegal, sino porque el conjunto termina construyendo una Presidencia donde la frontera entre interés público, promoción personal, negocios familiares y aparato del Estado parece cada vez más tenue.

No es la primera vez que observamos ese patrón. Ya habíamos señalado cómo Trump suele desplazarse acompañado por una corte muy particular en la que aparecen hijos, familiares, colaboradores íntimos y asistentes de absoluta confianza como Natalie Harp, una de las personas más cercanas al presidente y presencia habitual a su lado en Air Force One y Marine One. Su cargo formal es el de asistente especial y asistente ejecutiva del presidente, pero su cercanía ha llamado la atención precisamente porque forma parte de ese pequeño círculo personal que acompaña a Trump prácticamente a todas partes y que, en muchos momentos, parece desplazarse alrededor suyo como una extensión de su propio universo.

Eso ayuda a entender mejor la palabra manada. No se trata solamente de los Trump por sangre. Es un círculo más amplio compuesto por familia, colaboradores incondicionales, asistentes, socios, operadores y personas cuya posición deriva, de una u otra manera, de su cercanía con el centro del poder. Todos viajan con el presidente, todos participan de la exposición extraordinaria que produce la Presidencia y todos forman parte de una estructura donde el apellido Trump funciona al mismo tiempo como identidad política, marca empresarial y símbolo de poder.

La escena de Irlanda resultó casi perfecta para retratarlo. Trump combinó compromisos institucionales con una estancia en Doonbeg, el resort de golf ligado a su propia organización familiar, precisamente mientras allí se desarrollaba el Irish Open. Eric Trump estaba presente y otros integrantes del entorno familiar aparecieron vinculados al evento. El presidente llegó acompañado por Air Force One, Marine One, seguridad estadounidense, dispositivos de protección irlandeses, caravanas, restricciones y toda la maquinaria necesaria para proteger al jefe de Estado más poderoso del planeta. Todo eso es normal cuando viaja un presidente de Estados Unidos. Lo que deja de ser completamente normal es que semejante despliegue termine concentrándose alrededor de una propiedad privada vinculada con el propio presidente y su familia.

No hace falta demostrar una ilegalidad para advertir el problema. Doonbeg recibió durante días una exposición mundial extraordinaria. Las cámaras internacionales mostraron el complejo porque allí estaba Donald Trump. El nombre Trump aparecía simultáneamente en el cargo presidencial y sobre una propiedad familiar. El torneo de golf proporcionó además una vitrina deportiva formidable y el dispositivo gubernamental hizo inevitable que la cobertura política se mezclara con la promoción indirecta del lugar. No era necesario comprar publicidad: la Presidencia llevaba las cámaras.

Ésa es precisamente la zona que debería preocupar en cualquier democracia seria. El poder público no solamente debe actuar conforme a la ley;........

© SDP Noticias