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Trump está empujando a Canadá hacia Europa… y China también puede terminar saboteándose

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15.09.2026

Donald Trump quería que los aliados de Estados Unidos entendieran quién tenía la fuerza. Lo están entendiendo, pero quizá no exactamente como él esperaba. Canadá, el vecino más integrado económica y estratégicamente con Estados Unidos, está acelerando una aproximación hacia Europa que hace apenas unos años habría parecido innecesaria.

Mark Carney ha comenzado a hablar de una relación mucho más profunda con la Unión Europea, no porque Ottawa pretenda abandonar Norteamérica ni porque pueda sustituir fácilmente al mercado estadounidense, sino porque ha descubierto algo elemental: cuando una potencia utiliza demasiado la dependencia de sus aliados como instrumento de presión, termina enseñándoles algo que probablemente nunca quiso enseñarles, cómo depender menos de ella.

Canadá no va a separarse de Estados Unidos. Tampoco tendría sentido intentarlo. Geografía, comercio, cadenas productivas, energía, defensa, inversiones y millones de relaciones humanas convierten a ambos países en socios estructurales. Pero ése no es el punto. Lo que Carney parece buscar es disminuir la vulnerabilidad que significa tener demasiado concentrado el comercio, la inversión y la seguridad en un solo socio, especialmente cuando ese socio comienza a utilizar aranceles, amenazas, restricciones o incluso provocaciones políticas como herramientas recurrentes de negociación. Canadá no quiere reemplazar una dependencia por otra; quiere tener más opciones.

Ahí reside la verdadera trascendencia del movimiento canadiense. Ottawa ya tenía con Europa una relación económica considerable y ahora pretende convertirla en algo mucho más estratégico, incorporando no solamente comercio, sino inversión, inteligencia artificial, infraestructura digital, minerales críticos, defensa, energía e investigación. Canadá entiende que la relación con Estados Unidos seguirá siendo fundamental, pero también que un país puede tener un socio principal sin quedar obligado a que sea su único socio importante. Esa diferencia parece pequeña, pero en el mundo que está naciendo puede terminar siendo decisiva.

La política exterior de Trump ha contribuido directamente a esa reflexión. Algunas de sus exigencias tienen fundamento. Estados Unidos tiene derecho a reclamar mayor reciprocidad comercial, a exigir que sus aliados europeos gasten más en defensa y a revisar acuerdos que considere desfavorables. El problema comienza cuando negociar desde una posición de fuerza se convierte en humillar al socio o recordarle constantemente cuánto depende de Washington. Un aliado puede aceptar una condición hoy porque no tiene alternativa inmediata; pero si percibe que esa dependencia será utilizada repetidamente contra él, su reacción racional consistirá en construir alternativas para mañana.

Ésa es precisamente la paradoja. Trump puede ganar una negociación y perder parte de la relación. Puede conseguir concesiones comerciales, mayor gasto militar o nuevas inversiones, pero al mismo tiempo provocar que Canadá, Europa, Japón, Corea del Sur, Australia y otros socios concluyan que deben protegerse no solamente de sus adversarios, sino también de la imprevisibilidad estadounidense. La dependencia produce comodidad mientras existe confianza; cuando la confianza desaparece, empieza a sentirse como vulnerabilidad.

Europa tiene exactamente el mismo problema. La guerra de Ucrania la obligó a volver a pensar en defensa. La relación con Rusia le enseñó que depender excesivamente de una sola fuente energética puede convertirse en un riesgo estratégico. Trump la está obligando ahora a preguntarse cuánto puede confiar permanentemente en Washington, y China la obliga a pensar cuánto comercio puede mantener sin permitir que determinadas industrias, tecnologías o materias primas queden demasiado concentradas en manos ajenas. Europa empieza a comprender que la autonomía........

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