Rusia está probando hasta dónde puede llegar
Las grandes guerras no siempre empiezan cuando un ejército cruza una frontera. A veces comienzan mucho antes, cuando una potencia descubre que puede violar un espacio aéreo, sabotear una instalación, interferir comunicaciones, lanzar drones, hostigar infraestructura crítica o provocar deliberadamente al adversario y comprobar que la respuesta será otra protesta, otra reunión y otra advertencia. Ése es el territorio peligroso en el que Europa siente que está entrando frente a Rusia: no necesariamente el de una invasión convencional inmediata, sino el de una sucesión de provocaciones destinadas a averiguar hasta dónde puede avanzar Moscú antes de encontrar una respuesta que realmente le cueste.
No parece razonable afirmar hoy que Vladimir Putin esté preparando columnas de tanques para marchar sobre París, Berlín o Londres, pero tampoco parece sensato ignorar que Rusia mantiene una guerra abierta contra Ucrania y, al mismo tiempo, multiplica señales de presión sobre el resto de Europa. Drones, ciberataques, sabotajes, interferencias, incursiones aéreas y amenazas a infraestructura estratégica forman parte de una zona gris en la que resulta cada vez más difícil distinguir entre un incidente, una provocación calculada y una prueba deliberada de los reflejos de la OTAN.
Un dron que cruza una frontera puede explicarse como error, un cable submarino dañado puede atribuirse inicialmente a un accidente, un ciberataque puede tardar semanas en ser adjudicado, un incendio en una instalación estratégica puede comenzar como investigación criminal y una campaña de desinformación no produce cadáveres inmediatos. Cada incidente aislado permite discutir, investigar y dudar. El problema aparece cuando el conjunto deja de parecer accidental.
Eso es lo que preocupa especialmente a Polonia, Lituania, Letonia, Estonia y Finlandia. Para esos países Rusia no es una abstracción estratégica ni un capítulo lejano de política exterior. Está al otro lado de la frontera o a muy poca distancia de ella. La experiencia histórica pesa y la guerra de Ucrania terminó con cualquier ilusión de que en Europa las fronteras ya no podían modificarse por la fuerza. Polonia ha endurecido su postura, los países bálticos refuerzan defensas y protegen infraestructura, Finlandia, que durante décadas evitó integrarse militarmente a Occidente, ya forma parte de la OTAN, Suecia hizo lo mismo, Alemania incrementa su papel militar y asume responsabilidades que durante años evitó, mientras Francia y Reino Unido elevan su nivel de alerta y revisan capacidades.
Europa, que durante mucho tiempo creyó que podía vivir de la paz como si fuera una condición permanente, ha vuelto a hablar de municiones, defensas antiaéreas, brigadas, reservas, industria militar y preparación civil. Durante décadas, buena parte del continente redujo gasto militar, cerró instalaciones, disminuyó efectivos y asumió que Estados Unidos seguiría garantizando la parte más dura de su seguridad. La invasión rusa a Ucrania primero, y las dudas sobre la previsibilidad estadounidense después, alteraron ese cálculo. Europa se rearma no porque haya decidido necesariamente que una guerra con Rusia sea inevitable, sino porque ya no puede permitirse creer que es imposible.
Prepararse para una guerra no significa quererla, pero no prepararse puede hacerla más probable si el adversario interpreta la debilidad como permiso. Ésa parece ser una de las cuestiones centrales alrededor de Putin. No necesita conquistar Europa para obtener una ventaja estratégica enorme. Le bastaría con convencer a parte de Europa de que la OTAN puede dudar, que Estados Unidos quizá no responda automáticamente y que las provocaciones suficientemente pequeñas pueden quedar sin castigo.
La esencia de una alianza defensiva no está únicamente en cuántos soldados, aviones o misiles posee, sino en la certeza de que si uno es atacado los demás responderán. El artículo 5 de la OTAN vive de esa expectativa. Si Moscú consiguiera instalar una duda seria sobre esa garantía, habría debilitado a la alianza sin necesidad de derrotar militarmente a ninguno de sus miembros. Putin no necesita llegar a Berlín; le bastaría con hacer que Varsovia, Tallin o Vilna se pregunten si Washington realmente llegaría por ellos.
Ahí aparece Estados Unidos. Donald Trump ha insistido en que Europa debe gastar más en su propia defensa y asumir mayores responsabilidades. En eso, incluso muchos europeos terminan concediéndole........
