Desde La Chingada, AMLO abre otro frente con Washington
Andrés Manuel López Obrador ya no gobierna México, pero acaba de recordar que tampoco se ha convertido en un expresidente silencioso. Desde La Chingada, sin responsabilidad diplomática, sin llamadas que contestar desde la Casa Blanca y sin necesidad de negociar mañana con Donald Trump, Marco Rubio o el embajador estadounidense, puede darse libertades que Claudia Sheinbaum sencillamente no tiene. En Pueblo, su nuevo libro, califica de “prepotente, inhumana e injerencista” la política estadounidense hacia México, cuestiona la actuación de agencias y funcionarios de aquel país y lleva la confrontación a un terreno especialmente delicado: la decisión de Washington de retirarle la visa a su hijo Andrés Manuel López Beltrán. López Obrador habla como padre, como expresidente y como fundador del movimiento gobernante; Sheinbaum, en cambio, tiene que responder como presidenta de México, y esa diferencia puede terminar importando muchísimo.
No discuto el derecho de López Obrador a expresarse. Lo tiene completamente. Dejó la Presidencia, no sus derechos ciudadanos ni su pensamiento político. Puede escribir libros, criticar gobiernos extranjeros, defender a su familia y opinar sobre la relación bilateral. El problema no está en su derecho a hablar, sino en el peso específico de quien habla. Andrés Manuel López Obrador no es cualquier ciudadano retirado en Chiapas: fundó Morena, gobernó durante seis años, conserva enorme ascendencia sobre buena parte del movimiento que controla el gobierno federal y cada intervención suya produce consecuencias políticas que difícilmente puede producir la declaración de cualquier otro expresidente.
Por eso no basta con decir que Pueblo es solamente un libro. Los libros también hacen política, como la propia Claudia Sheinbaum ha reconocido, y éste aparece precisamente cuando la relación con Estados Unidos atraviesa una etapa particularmente sensible, con diferencias sobre seguridad, visas, investigaciones, sanciones, comercio y soberanía. López Obrador acusa a Washington de intervenir políticamente en México y considera “canallesca” la revocación de la visa de su hijo, mientras Sheinbaum ha preferido marcar una distancia institucional y señalar que las expresiones del expresidente corresponden a su opinión, insistiendo en que a ella le toca conducir la relación mediante la diplomacia.
Ahí hay algo mucho más importante que una diferencia de estilos. Hay dos posiciones derivadas de dos responsabilidades completamente distintas. López Obrador puede hablar con absoluta libertad porque ya no tiene que sentarse mañana frente al gobierno estadounidense. Sheinbaum sí. El expresidente puede calificar a Washington de prepotente, canallesco o injerencista; la presidenta debe pensar simultáneamente en migración, comercio, T-MEC, seguridad, frontera, inversión, intercambio de inteligencia, extradiciones y en millones de mexicanos que viven del otro lado.
No significa que tenga que callar........
