11-S: Veinticinco años después, la unidad todavía es posible
Hay fechas que pertenecen a un país y, al mismo tiempo, pertenecen al mundo. El 11 de septiembre de 2001 fue una de ellas. Casi tres mil personas murieron en los atentados contra las Torres Gemelas, el Pentágono y el vuelo 93; una generación entera aprendió de golpe que la seguridad más poderosa también podía quebrarse y Estados Unidos descubrió hasta dónde podía llegar el odio dirigido contra él. Veinticinco años después, quizá la imagen más poderosa no sea solamente la de las torres que ya no están, sino la posibilidad de que por unas horas un país profundamente dividido recuerde que todavía existen cosas que deberían estar por encima de partidos, campañas, sectarismos, egos y protagonismos insulsos. Ground Zero volverá a ser escenario de silencio, nombres, campanas, familias y memoria, y ahí coincidirán figuras que representan gobiernos, generaciones y corrientes políticas enfrentadas. George W. Bush ha confirmado su presencia y se espera además la asistencia de Bill Clinton, Barack Obama y Joe Biden; si finalmente coinciden todos los expresidentes vivos, la fotografía tendrá un significado mucho mayor que el simple protocolo.
El contraste será inevitable. Mientras los expresidentes se reúnen en Nueva York, Donald Trump conmemorará el aniversario en el Pentágono y JD Vance representará a la Casa Blanca en Ground Zero. No existe nada reprochable en acudir al Pentágono: 184 personas murieron allí y aquel ataque forma parte inseparable de la tragedia. Pero sí hay algo revelador en la decisión presidencial. Trump había contemplado estar en Nueva York y distintos reportes señalan que terminó optando por el Pentágono porque quería pronunciar un discurso, algo que la ceremonia de Ground Zero no permite a los políticos desde 2012. Allí el poder debe guardar silencio. Allí no corresponde al presidente interpretar la tragedia ni apropiarse del micrófono. Hablan las familias y se leen los nombres de quienes murieron. Y Trump, que necesita casi permanentemente ser protagonista, escogió un escenario donde sí podrá hablar. No hace falta exagerar el episodio ni convertirlo en escándalo; basta observar lo que representa: frente a una ceremonia concebida precisamente para quitarle espacio al ego político y devolvérselo a la memoria, el presidente eligió un lugar donde todavía puede ocupar el centro.
Quizá esa diferencia diga más que cualquier discurso. Trump ha construido buena parte de su vida pública alrededor de provocar, confrontar y convertir prácticamente cada asunto en escenario personal. Ground Zero exige exactamente lo contrario: estar presente sin dominar la escena, escuchar mientras otros hablan y aceptar durante unas horas que el protagonismo pertenece a los muertos y a quienes los amaron. Esa debería ser, en realidad, una lección para toda la clase política y no solamente para él. Hay momentos en los que el liderazgo no consiste en hablar más fuerte, conseguir una fotografía o imponer una agenda, sino en saber hacerse a un lado. El 11-S debería recordárselo a presidentes, expresidentes, vicepresidentes, legisladores, empresarios, dirigentes sociales, líderes culturales, comunicadores y a cualquiera que confunda relevancia pública con derecho permanente a ser protagonista.
Nueva York ofrecerá otra imagen. Allí coincidirán personas que durante años se enfrentaron políticamente y que seguramente seguirán haciéndolo. No necesitan reconciliarse ideológicamente ni fingir que piensan igual. Precisamente porque son diferentes, su presencia conjunta importa más. Clinton, Bush, Obama y eventualmente Biden representan épocas, partidos y concepciones del país profundamente distintas. Bush estaba en la Presidencia cuando ocurrieron los atentados; Obama ordenó la operación que terminó con Osama bin Laden; Biden culminó la retirada estadounidense de Afganistán. Cada uno carga con decisiones relacionadas de manera diferente con la historia que comenzó aquella mañana. Pueden discutir sobre prácticamente todo lo que ocurrió después, pero pueden estar juntos para recordar lo ocurrido primero. Eso es institución y también es civilidad.
El país que llega a este vigésimo quinto aniversario no es el mismo que despertó conmocionado el 12 de septiembre de 2001. Aquella nación, aterrorizada y herida, consiguió durante un tiempo algo que hoy parece casi extraordinario: unirse. Demócratas y republicanos aparecieron juntos; ciudadanos de regiones, religiones y posiciones políticas distintas........
