El Estado pone límite
Hablar de violencia en México no es un ejercicio retórico. Es memoria viva. Es ausencia en la mesa. Es una generación que creció viendo retenes en la carretera y contando muertos en el noticiero como si fueran parte del paisaje.
La llamada “guerra contra el narcotráfico” no fue una tragedia inevitable. Fue una decisión política tomada sin la arquitectura institucional necesaria para sostenerla. El resultado fue devastador: miles de muertos, desaparecidos, familias desplazadas, comunidades enteras atravesadas por el miedo y un país que aprendió a normalizar lo inaceptable.
Muchos crecimos en ese ambiente. No porque lo eligiéramos, sino porque alguien decidió que esa era la ruta.
Lo que Diego Enrique Osorno describe en La guerra de los Zetas, tiene nombre: necropolítica. El poder administrando la muerte como forma de control territorial. No fue una categoría académica; fue la experiencia concreta de madres buscando a sus hijos, de jóvenes que no volvieron, de pueblos que dejaron de salir por las noches.
Y hubo responsabilidad política. El caso de Genaro García Luna, quien fuera Secretario de Seguridad Pública durante el gobierno........
