El absurdo de las candidaturas inviables
Se volvió negocio. O entretenimiento. O una manera de recuperar el espacio perdido e impulsar un nombre, o buscar un nombramiento con el ganador más asequible. O un desmedido afán por conseguir su cuarto de hora en medios de comunicación nacionales.
De otra manera no se entiende la persistencia de una serie de aspirantes al Palacio de Nariño por seguir adelante cuando ellos y todo el mundo saben que no los votan ni en su edificio. Por muchas firmas que en su momento entregaron a la Registraduría, deberían presentar su candidatura ante sus vecinos para presidir el consejo de administración de su edificio y, de pronto, los eligen y hasta consiguen figurar en algún sitio como “presidente”.
Lo que carece de sentido es que despilfarren la plata del Estado por puro capricho o por inconfesables intereses personales.
Hizo bien Maurice Armitage en retirar su postulación. Mejor dedicar sus jornadas a seguir al frente de sus empresas, donde ha triunfado, que insistir con una aspiración sin sentido alguno.
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