De la IA al ¡ay!
Hubo un tiempo, no tan lejano, en el que opinar exigía algo que hoy resulta incómodo: pensar.
Describo el contexto. Para emitir una opinión había que haber leído, discutido, dudado, incluso callado un largo, laaaargo, rato antes de hablar, porque —además— el silencio y la escucha eran inmensamente valorados.
Entonces, opinar era un privilegio reservado para quienes habían dedicado años a aprender, a estudiar, a observar, a meditar, a entender algo. Y ahí estaban los filósofos, los académicos, los intelectuales, los inmensos creadores, los columnistas, incluso los viejos sabios de café que citaban a Sócrates entre un tinto y un cigarrillo.
Hoy, en cambio, opinar se ha convertido en una afición que nos ha capturado con un entusiasmo conmovedor. Todos hablamos de todo, todo el tiempo, con la seguridad de quien acaba de descubrir la verdad absoluta mientras hace la fila para pagar en el supermercado.
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Bendita incertidumbre
Una columna en mi columna
Las redes sociales democratizaron la experiencia, el placer y la necesidad de la información y, cómo no, la posibilidad de hablar con megáfono, de hacernos oír.
Todo esto, sin saber cómo informarnos o cómo expresarnos porque, ya lo dijo alguien por ahí, lo importante —también— son las formas, que de lo contrario no hay........
