Marxismo y psicoanálisis: una visión crítica del sujeto alienado
Marxismo y psicoanálisis son dos campos del saber distintos uno de otro, marchando por caminos diversos, trabajando sobre objetos diferentes. De todos modos, aunque en principio, y para cierta lectura, puedan resultar lejanos, incluso antagónicos, hay mucho más paralelismo entre ellos que divergencias. Para quien desee tener una visión crítica de la realidad, y más aún: para quien desee incidir sobre ella transformando lo que considera se debe cambiar, es imprescindible conocerlos a fondo.
Está claro que no tratan directamente del mismo objeto: el sujeto social explotado (marxismo) y el sujeto del inconsciente (psicoanálisis); pero ambos, a su modo, están diciendo algo similar: denuncian la alienación del sujeto humano, aportando vías para su liberación. Ambos muestran con tremenda profundidad algo oculto, desenmascarando lo que la cotidianeidad, la pretendida normalidad, encubre: “Si usted quiere, puede”, dirá el discurso oficial, tanto refiriéndose a las posibilidades de ascenso social (“el millonario es tal por su propio esfuerzo personal”) como a las de “ser feliz” (“todo es cuestión de actitud”). Marx y Freud, con fuerza demoledora, denuncian esas falacias, evidenciando otras lógicas en juego: “No es la conciencia la que determina el ser sino el ser social el que determina la conciencia”, dice el marxismo. “Nadie es dueño en su propia casa”, enseña el psicoanálisis.
Aunque hablan de campos distintos, ambas teorías presentan la posibilidad de revolucionar lo humano, rompiendo ataduras, instaurando nuevos modelos de relacionamiento. En realidad, si bien existe una perspectiva que los ve distanciados, son más los puntos que los acercan que los que los distancian: 1) ambos representan teorías críticas respecto al sujeto; 2) ambos destruyen mitos e ilusiones en torno a hechos sociales, en nivel macro el marxismo, a nivel micro el psicoanálisis; 3) ambas posiciones constituyen programas de acción concretos que apuntan a superar el punto de partida de sus análisis (la revolución socialista el primero, el procesamiento de la propia historia subjetiva el segundo, con lo que desaparecerán los síntomas); 4) las dos corrientes de pensamiento se mueven con una lógica dialéctica, centrándose en la lucha de contrarios -el conflicto- como motor de la experiencia (lucha de clases en uno, conflicto intrapsíquico en el otro, o choque del par pulsional); 5) la radical imposibilidad de entender los fenómenos en juego sin apelación a la historia; en otros términos: la historia (social -macro- o subjetiva -individual, micro- es el marco en que se desenvuelven los procesos estudiados.
Sin dudas el punto 2) -el llamado a una práctica concreta: la acción política transformadora o el hacer consciente lo inconsciente por medio de un tratamiento específico- es donde estriba su, quizá, mayor importancia e impacto social. Por supuesto que la revolución teórica que inauguran no tiene parangón; pero si por algo son denostados, tratados de sacar de circulación, vilipendiados, es por el ejercicio de una praxis a la que dan lugar, praxis que, definitivamente, es demoledora, cuestionando al sistema capitalista en su conjunto y abriendo la posibilidad de construir un mundo post-capitalista, así como un descentramiento de la idea de “normalidad” en términos psíquicos, dando lugar a una nueva ética y una nueva forma de encarar el confuso y siempre prejuiciado campo de la salud mental -que va de la mano de lo que llamamos “locura”-.
Hoy es común decir de ambos que “están pasados de moda”, que “fueron superados”, que “son elucubraciones afiebradas de mentes enfermizas de siglos pasados, que hoy esas teorías perdieron vigencia”. En otros términos: que están muertos. Curiosos cadáveres, por cierto, pues continuamente hay que volver a declararlos muertos, porque pareciera que nunca terminan de morir. De hecho, no están muertos: lo que evidencian marxismo y psicoanálisis (la alienación del sujeto humano), lo que denuncian y revelan, y contra lo que se alzan proponiendo alternativas, realmente no terminó, y eso sigue siendo una agenda pendiente tanto en el campo teórico como en la práctica.
Para entendernos: ¿qué son el marxismo y el psicoanálisis?
Comencemos por precisar dos puntos elementales: ¿qué dice el marxismo y qué dice el psicoanálisis? Obviamente no es el objetivo de este muy modesto opúsculo adentrarnos hondamente en una revisión conceptual de estos dos edificios teóricos monumentales, de lo cual ya se han escrito interminables volúmenes. Aquí solo intentamos establecer muy brevemente qué significan en términos generales, para intentar dilucidar luego su posible -o imposible- maridaje. O, más aún, ¿a qué apunta esa unión, si la hubiera? ¿Qué nos aportaría en tal caso?
El “marxismo”, designación que el propio Carlos Marx rechazaba por considerarla una reprobable apología personal -motivo por el que prefería hablar de “socialismo científico”-, también conocido como “materialismo histórico” -término acuñado por Engels- es una profunda concepción de la historia de la humanidad leída en clave de imprescindible asociación de los seres humanos para asegurar su vida, por lo que establecen relaciones sociales múltiples en función de llenar necesidades, destacando las materiales ante todo. Esa visión de la historia humana, que toma totalmente distancia de una visión religiosa (mágico-animista), así como de una fábula centrada en los “grandes personajes”, permite ver que, desde que existe una acumulación mínima permitiendo ir más allá del estadio de recolectores y cazadores primitivos con la aparición de la agricultura -10.000 años aproximadamente-, esa historia está constituida/dinamizada por una lucha a muerte de clases sociales enfrentadas, que da lugar a la aparición del Estado en tanto instancia de control al servicio de la clase dominante. En otros términos: dueños de los medios de producción (déspota, faraón, sumo sacerdote, emperador, rey, señor feudal, banquero, industrial) versus grandes masas trabajadoras (esclavos, campesinos, pueblo llano, siervos, proletarios asalariados).
De esa cuenta, luego de un comunismo primitivo que se extendió por milenios -desde la aparición del Homo habilis hace dos millones y medio de años en la zona de los Grandes Lagos en África hasta la agricultura- han ido transcurriendo diversos modos de producción -despótico tributario o asiático, esclavista, feudal- para llegar al actual capitalismo, surgido aproximadamente en el siglo XIII en el norte de Europa. El acento de esta corriente de pensamiento está puesto en el riguroso estudio del capital -ese es, justamente, el título de la obra cumbre de Marx: El capital. Crítica de la economía política, en tres tomos, aparecido el primero de ellos en su vida (1867), los otros dos publicados por Engels-. Allí se ahonda en la realidad industrial de la Europa decimonónica, estableciéndose leyes económicas que son las que siguen rigiendo la marcha de la actual sociedad, hoy día ya expandida por todo el orbe, con un desarrollo industrial que, con diferencias nacionales, y con modalidades desconocidas en el siglo XIX -monopolios, imperialismo, predominancia del capital financiero, globalización neoliberal, robotización, mundo digital- es la que impera mayormente en el mundo (salvo áreas de socialismo -China, por ejemplo- o muy pocos grupos que continúan aún en el neolítico, en general en la profundidad de selvas tropicales). El estudio de las entrañas del capitalismo permite inferir que, muy probablemente, el mismo caiga por las propias contradicciones intrínsecas que lo constituyen, dando lugar a un nuevo ordenamiento: el socialismo, preámbulo de una sociedad sin clases sociales -reino de “productores libres asociados”, dirá Marx, donde la máxima que rija sería “de cada quien, según su capacidad; a cada quien, según su necesidad”-. La revolución socialista es el momento de quiebre de ese capitalismo; el contar con el ideario que se desprende de la obra teórica de Marx permitió conducir luchas revolucionarias exitosas en varios puntos del mundo durante el siglo XX: Rusia, China, Corea del Norte, Vietnam, Cuba, Nicaragua. En ese sentido la fuerza del marxismo es enorme, siendo temido por los actuales detentadores del poder; de ahí el continuo y virulento ataque que recibe, declarándoselo, por infinitas veces, muerto y superado.
Por su parte el psicoanálisis, en palabras de su autor, Sigmund Freud, es:
Un método de investigación que consiste esencialmente en evidenciar la significación inconsciente de las palabras, actos, producciones imaginarias (sueños, fantasías, delirios) de un individuo. Este método se basa principalmente en las asociaciones libres del sujeto, que garantizan la validez de la interpretación. La interpretación psicoanalítica puede extenderse también a producciones humanas para las que no se dispone de asociaciones libres.
Un método psicoterapéutico basado en esta investigación y caracterizado por la interpretación controlada de la resistencia, de la transferencia y del deseo. En este sentido se utiliza la palabra psicoanálisis como sinónimo de cura psicoanalítica; ejemplo, emprender un psicoanálisis (o un análisis).
Un conjunto de teorías psicológicas y psicopatológicas en las que se sistematizan los datos aportados por el método psicoanalítico de investigación y de tratamiento.
Su aparición, en 1900, significó una tremenda afrenta a la psiquiatría de su tiempo, a la tradición occidental aristotélico-tomista y al sentido común dominante, abriendo una nueva visión del sujeto humano, descentrándolo de esa posición de racionalidad central, quitando el énfasis a la omnímoda voluntad, para centrarlo en “otra escena”, el inconsciente, la que verdaderamente nos constituye como sujetos. Dicho de otro modo: hizo evidente que no somos dueños de nuestra vida psicológica, de nuestro modo de ser más personal, sino que ello es evidencia de un Otro que nos moldeó. Nuestra historia está tejida a nuestras espaldas, y eso es así en todo sujeto humano. Esa es la normalidad.
“Creemos que decimos lo que queremos, pero es lo que han querido los otros, más específicamente nuestra familia, que nos habla” (Lacan: 1995). Esa es la gran subversión que inaugura el psicoanálisis, la nueva “revolución copernicana”, como dirá Freud: la introducción de una novedosa concepción del sujeto que abre una nueva posibilidad de concebir la clínica, al par que establece una nueva ética que cuestiona la noción de normalidad y de “enfermedad mental”.
La incomodidad que produjo su aparición llevó, y sigue llevando, a que se lo intentara calumniar, atacándolo por todos los frentes: por no tener rigor científico (según el modelo epistemológico que identifica ciencia con laboratorio) estando más cerca de la especulación y la charlatanería, que es una ensoñación pansexualista, una técnica ya superada por los actuales desarrollos de las neurociencias, una concepción eurocéntrica inservible en otras latitudes, y algún otro galardón por allí. Sin dudas, se aplica aquí a la perfección la frase dudosamente cervantina de “ladran Sancho”.
La obra freudiana dio lugar a numerosos seguidores, algunos de ellos duramente criticados en su momento por el fundador del psicoanálisis -como Carl Jung y Alfred Adler- dado su desvío de los fundamentos originarios de la teoría. A la muerte de Freud se dieron diversos desarrollos. Los más notorios fueron los de Melanie Klein, en Gran Bretaña, dedicada en buena medida al psicoanálisis infantil; Donald Winnicott y Wilfred Bion, ambos ingleses; la Psicología del Yo, desarrollada básicamente en Estados Unidos, con autores como Hartmann, Kris, Loewenstein, Erikson, Rapapport, quienes fueron alejándose en buena medida del radical descubrimiento freudiano, buscando “técnicas de adaptación” cada vez más cercanas a un planteo voluntarista y no lejano a la psiquiatría tradicional, lo cual dio lugar a que en Francia apareciera Jacques Lacan, alrededor de 1950, con su grito de guerra “retorno a Freud”, intentando recuperar lo subversivo del momento fundacional del creador del método.
En síntesis: ambas concepciones (marxismo y psicoanálisis) son revolucionarias, pues destruyen mitos y abren perspectivas nuevas para el relacionamiento y el accionar de la gente: llegar a la revolución socialista, por un lado, el hacer consciente lo inconsciente procesando/asumiendo la propia historia, con lo que desaparecerán inhibiciones, síntomas y angustias varias, por el lado del psicoanálisis.
El freudomarxismo: ¿unión posible o imposible?
Dicho lo anterior, veamos qué relación puede establecerse entre ambos. De ahí el surgimiento de lo que se dio en llamar “freudomarxismo”.
Se utiliza este término para designar una corriente de pensamiento aparecida entre 1920 y 1930, básicamente entre autores alemanes, todos ligados a la Escuela de Frankfurt: Theodor Adorno, Max Horkheimer, Herbert Marcuse, Erich Fromm, Walter Benjamin, Leo Löwenthal y, su exponente principal, Wilhelm Reich.
La iniciativa tuvo bastante aceptación en sus inicios, convocando tanto a marxistas como a psicoanalistas. Muy rápidamente puede decirse que representa el intento de sintetizar estas dos monumentales visiones de lo humano, en una búsqueda por generar un discurso que las amalgame. Es decir: integra y armoniza el estudio de la psicología humana -con su revolucionaria concepción de un vida psíquica inconsciente- con el análisis pormenorizado de las estructuras económico-sociales que se encuentran en la base del edificio social.
El éxito de esa empresa fue muy discutible; más allá de una interesante idea de conjuntar dos lecturas radicalmente subversivas de fenómenos abordados por las ciencias sociales, el resultado obtenido fue bastante pobre, cuando no muy criticable. Incluso descartable. De hecho, esto último fue lo que sucedió. No pasó de ser buena intención, sin efectos prácticos constatables, surgido a partir de supuestos débiles, muy discutibles: la lógica del inconsciente no puede reducirse a determinantes económico-sociales, así como la explicación de la historia -y menos aún la posibilidad de generar una revolución político-económico-social- no puede nutrirse del deseo inconsciente ni del procesamiento de los fantasmas infantiles que modelan la vida de cada sujeto.
En palabras de Maurice Sauval:
“El objetivo de Reich fue incluir la “microfísica” del Edipo de la neurosis en la “macrofísica” de la estructura económica de la sociedad o, más generalmente, elaborar una teoría unificada de los fenómenos humanos. Pero a semejanza de lo que ocurre en la física, tampoco los fenómenos “macroscópicos” de la lucha de clases y los “microscópicos” de las formaciones del inconsciente se dejan reducir a una lógica común, es decir, a una teoría unificada. El forzamiento que intentó realizar Reich fue inútil y solo tuvo como consecuencias alejarlo tanto del campo del psicoanálisis como del de la lucha de clases.”.
La ambición de los freudomarxistas, y más enfáticamente que nadie la de Reich, consistió en lograr una ciencia que otorgara un conocimiento total (lo individual y lo social) del fenómeno humano, una completud a la que no se le escapara nada. Sin dudas se juega ahí una fantasía que, leída en clave psicoanalítica, nos abre una pregunta respecto al absoluto, al intento de salto más allá de la falta, de la castración como eje fundamental. ¿Cómo sería posible lograr esa “totalidad”? No hay dudas que ese pretendido saber no existe ni puede existir. Lo cual no significa que no haya vasos comunicantes entre ambas parcelas del saber. La cuestión planteada sería: ¿es posible unirlos? ¿Cómo y para qué? Pasados los primeros años de aquellas iniciativas de la Escuela de Frankfurt, en 1968, en pleno calor del Mayo Francés, un acérrimo lacaniano como luego sería Jacques-Alain Miller, en su juventud aún pudo decir que “Los discursos de Marx y de Freud son susceptibles de comunicarse por medio de transformaciones reguladas y de reflejarse en un discurso teórico unitario” (Miller: 1968). Lo cierto es que ese discurso nunca llegó, ni puede llegar.
Una........
