El ‘Hinklown’: cuando el poder se ríe en el horror
De la Espriella no es un caso aislado. Trump convirtió el baile, el insulto y la fanfarronería en elementos reconocibles de su repertorio. Milei hizo de la motosierra y el espectáculo una imagen de gobierno
“Un acte d’hospitalité ne peut être que poétique”.
El 10 de agosto, mientras Colombia intentaba dimensionar las consecuencias de un terremoto de magnitud 7,4 que había dejado más de un centenar de muertos, las cámaras de televisión captaron al presidente Abelardo de la Espriella frente al atril de la Unidad Nacional para la Gestión del Riesgo de Desastres. Todavía no comenzaba su intervención. Mientras se preparaba el balance oficial de la tragedia, el presidente saludaba a las cámaras y lanzaba besos al aire. Poco después hablaría de la prioridad de rescatar a las personas atrapadas, de la declaración de desastre nacional y de las medidas adoptadas por su Gobierno. Pero la imagen ya había quedado fijada; un presidente haciendo gestos festivos mientras el país contaba sus muertos.
Lo extraño de la escena no es simplemente que un gobernante haya sido imprudente o que no haya adoptado el tono solemne que muchos esperaban. La política siempre ha conocido la ironía, la teatralidad y hasta la obscenidad. El problema es otro: la distancia entre el gesto del gobernante y la gravedad de la situación parece haberse convertido en una forma de presencia política.
La escena no dice solamente “no me tomo suficientemente en serio la tragedia”. Nos parece que dice algo más inquietante: no necesito demostrar que estoy a la altura de la gravedad de la situación para seguir siendo quien manda.
De la Espriella no constituye un caso aislado. Trump convirtió el baile, el insulto y la fanfarronería en elementos reconocibles de su repertorio político. Milei hizo de la motosierra una imagen de gobierno y convirtió el espectáculo en una extensión de la tribuna presidencial. Hay diferencias importantes entre ellos y no tendría sentido borrarlas. Pero en los tres casos aparece una transformación semejante: la autoridad política puede prescindir de algunos de los signos tradicionales de la autoridad sin dejar por ello de ejercerla.
Durante mucho tiempo, el poder necesitó parecer serio porque la seriedad era una de las formas mediante las cuales se hacía visible como poder. El estadista debía dominar sus gestos, medir sus palabras y controlar incluso la expresión de sus emociones. Su cuerpo debía transmitir continuidad, autocontrol, responsabilidad. Este “nuevo político” puede hacer casi lo contrario. Puede gritar, bailar, insultar, provocar o hacer un chiste cuando parecería corresponder guardar silencio. Puede parecer ridículo y, sin embargo, conservar –e incluso reforzar– su autoridad.
Es aquí donde aparece una figura distinta: el bufón-rey. El bufón tradicional podía burlarse del rey porque no era el rey. Su posición dependía precisamente de esa distancia; estaba cerca del poder, pero no era el poder. Su risa introducía una fisura en la solemnidad del soberano. El bufón-rey invierte esa relación. Ya no es quien se ríe del poder desde sus márgenes; es el poder mismo quien adopta la posición del bufón.
¿Un poder que intenta burlarse de sí mismo?
El bufón-rey no se burla del poder. Se burla de los otros desde el poder. La irreverencia deja entonces de ser una amenaza para la autoridad y comienza a convertirse en una de sus formas contemporáneas. El poder ya no necesita parecer digno para imponerse. Paradójicamente puede obtener parte de su fuerza precisamente de la exhibición de su propia falta de dignidad.
Pero hay algo todavía más extraño en esta transformación del poder: el bufón-rey no solamente hace de la autoridad un espectáculo. Introduce la comicidad en el interior mismo de la escena en la que ejerce su autoridad.
Esta diferencia puede verse en El gran dictador (1940). Chaplin construye allí una operación ética: toma el horror que todavía está ocurriendo y lo convierte en comedia antes de que ese horror pueda aparecer como un episodio cerrado de la historia humana. No contempla el nazismo desde la distancia de quien conoce ya su desenlace. Juega con él mientras sucede, cuando la catástrofe todavía está abierta. La comicidad permite entonces producir una........
