El gran mito de la desigualdad
Sólo por limitarnos a América, desde el polo Norte al polo Sur, la colonización española, portuguesa y anglosajona radicalizaron las diferencias sociales al mismo tiempo que radicalizaban la pobreza.
Como lo analizamos en Moscas en la telaraña (2022), no por casualidad los liberales modernos fueron una continuación-herencia de los nobles medievales que se oponían al poder centralizado de los reyes. Aunque la idea de igualdad indígena era radical e incluía como derecho a todos los grupos sociales de una nación, a todos los géneros (hombres, mujeres, lesbianas y homosexuales) y a todos los grupos étnicos y lingüísticos adoptados, en las democracias liberales se impuso la antigua idea de igualdad: una igualdad y una justicia social entre iguales; es decir, dentro de cada una de las diferentes clases sociales, cuyos miembros eran valorados y juzgados según las leyes estamentales de su clase social.
Luego de la revolución de la Ilustración, esta última tradición de las igualdades estamentales fue abolida, y se creó el sentido común de que las leyes debían ser universales (solo dentro de un mismo país) sin importar raza, religión y clase social. Sin embargo, de la misma forma en que la Declaratoria de la Independencia de Estados Unidos de 1776 afirma que “todos los hombres son creados iguales” y la Constitución de 1789 habla en nombre de “We the people”, en ningún caso esa igualdad incluía a la mayoría de la población: mujeres, indígenas, mestizos, mulatos, blancos pobres, negros y esclavos de todo tipo.
Es decir, no sólo la democracia liberal de Occidente coincidía con los ejemplos restrictivos de democracias de la antigüedad europea, sino que también el mismo concepto de igualdad. Incluso hoy, las democracias liberales son plutocracias (considerar el origen del liberalismo como continuación de la nobleza feudal extendida por el capitalismo), aún más restrictivas y concentradoras del poder que en la antigua Grecia, donde existían límites a la acumulación a........
