Cuenta la leyenda: Recordando los inicios
Sergio Guerra Olivares, persona nacida en Pariaguán, estado Anzoátegui, llegó a Puerto Ordaz a finales de los años sesenta. Su primer trabajo lo realizó en Sidor, mientras trataba de lograr su objetivo, su pasión era ser periodista, pero lamentablemente no le fue posible ir a una universidad, menos ser miembro de la desaparecida y recordada A.V.P. o al Colegio Nacional de Periodistas, pero esto no fue obstáculo para que se dedicara a escribir y fundar una revista, la cual le adjudicó el nombre de Guayana Industrial. Esta revista, la cual era de una calidad impresionante, se publicaba mensualmente y el mismo Sergio era el fotógrafo, el vendedor de publicidad, el editor, el cobrador y quien realizaba las entrevistas, algunos fotógrafos colaborábamos con él, facilitando fotos y una que otra información, pero de verdad que era una labor titánica la que realizaba. Con el tiempo le vino la idea de editar un libro, el cual tituló: “Ciudad Guayana su historia y su gente”, donde se encuentran historias pocos conocidas de los inicios de nuestra ciudad, a partir esta me comprometo a publicar las que considere de mayor importancia. Sergio, decía: con el presente ensayo no pretendo suscribirme ante el pueblo guayanés como un escritor de reconocida versatilidad en el campo de las letras, ello es más que todo las experiencias vividas durante mis 28 años vividos en la región, brindadas a este pueblo al que tanto quiero, como “Crónicas Periodísticas”, mediante la utilización de las entrevistas, las charlas espontáneas con personas que llegaron a estas tierras, hace más de 20 años, y que recuerdan con memoria lucida, los escenarios naturales, las condiciones de vida del entonces y las perspectivas que se presentaban en una ciudad que comenzaba a asomarse ante el mundo como algo maravilloso…
El indiecito Juan Romero
Los pantalones brincacharcos y la franelita de tres reales, no eran suficiente motivo para que hasta el alma alegre del indiecito Juancito Romero, no llegase a la música y los aires frescos de una melodía arrabalera, interpretada por Carlos Gardel, Pedro Infante o Julio Jaramillo. El indio Juan era un personaje muy popular en aquella época, quizás insignificante para los cientos de aventureros que comenzaban a invadir las polvorientas calles y rincones de Castillito, pero importante para quienes pico y pala en mano, dedicábanse a la carga de camiones volteos los cuales eran repletos de las blancas arenas del Caroní, para posteriormente ser vendidos a los constructores que realizaban los primeros trabajos de concreto en la zona de Puerto Ordaz.
Juancito era una especie de guía, para quienes arribaban al sector de Castillito, desorientado, carente de empleos y sin dinero alguno, él se encargaba de presentar a las personas de esa naturaleza a un señor de nombre Julio Rondón, quien era el dueño de unos viejos camiones que servían de transporte a determinados contratistas, para la carga de arena, piedra picada y tierra negra. Juancito se distinguió a través del tiempo, por su sencilla vestimenta, casi invariable, no importa cual época del año fuese. Sus pantalones brincacharcos, sus alpargatas rotas y la franelita que apenas le llegaba a su cintura, hacían de Juancito Romero, un personaje cotidiano en Castillito de los años 54, 55, 56 y 57, cuando Julio Rondón, también era personaje fuerte que arremetía contra los humildes habitantes del barrio Los Monos, con una camioneta atestada de Guardias Nacionales demoliendo ranchos o echando plan a diestra y siniestra, para evitar así las construcciones marginales que nadie mas después logró detener.
Juancito era nativo de las islas cercanas a Cambalache, recuerdo haber estado en una ocasión con él, por esos lados de Punta de Playa. Una bonita isla con un poco más de una docena de habitantes, entre los que se contaban las familias de Juancito Romero.
Recuerdo que fue en una Semana Santa, cuando tomamos una vieja curiara desde lo que antes se llamó Puerto de Tablas, en San Félix, y corriente arriba nos fue llevando aquella rústica embarcación que era estremecida por las picadas aguas del Orinoco, como si se tratara de una concha de nuez, hasta conducirnos a la Isla de Punta de Playa, lugar que habíamos seleccionado........
