Armonía: la mejor herencia
Nos llamó Violeta —la secretaria de mi abuelo— para citarnos el sábado 7 de enero de 1995. Los invitados éramos los nietos mayores de diez años. La llamada tenía ese tono serio que, cuando uno es niño, suena a regaño.
Colgué pensando: “¿Qué habrá hecho alguno de mis primos?” No hubo regaño. Empezó algo más serio: un proceso de formación que hoy entiendo como un activo estratégico. Mis abuelos se anticipaban a un riesgo que en Colombia —y en toda Latinoamérica— se repite: los negocios familiares destruyen a la familia, o la familia destruye los negocios.
Hay pérdidas que no salen en un balance. La más costosa es cuando las diferencias escalan hasta volverse irreconciliables. Ahí el patrimonio tangible e intangible de una familia entra en la zona de peligro: orgullo, rivalidad, heridas viejas, silencios evasivos. Ese día empezamos los 8 nietos mayores de 10 años (hoy ya somos 33).
Mis abuelos nos hablaron de familias-empresarias donde rencillas entre los herederos destruyeron empresas, empleos y vínculos familiares. Querían proponernos ese desafío para que tomáramos consciencia y ser un ejemplo distinto: que la empresa siguiera aportando valor sin convertirse en fuente de discordia.
¿De qué sirve construir con amor, para que después el éxito sea la causa de la disolución? Entendimos el mensaje y le dimos vida a La Tribu. Redactamos una misión para nosotros mismos.
En ella enfatizamos mantener la unión familiar ayudándonos de manera desinteresada; sentir orgullo por los logros del otro; desarrollar talentos individuales; aportar al bienestar de la comunidad; y sostener estas reuniones con las futuras generaciones.
No era “los abuelos reuniendo a los nietos”. Era una institución nuestra. Nosotros convocábamos. Cada año elegíamos presidente y secretario. Llevábamos actas. Aprendimos a hablar, a escuchar, a diferir sin romper. Los nietos y los abuelos podían proponer temas, refl exionábamos sobre ellos y mi abuelo y abuela nos daban perspectiva cuando nos íbamos metiendo en materias complejas. En ese contexto descubrimos libros.
Los favoritos de mi abuelo eran Piense y Hágase Rico, de Napoleón Hill, y Los 7 Hábitos, de Stephen Covey. Cada diciembre fijábamos metas. Y entendimos la proactividad no como “tomar la iniciativa”, sino como ser dueño y responsable de uno mismo.
Mi reflexión hoy es simple: cada familia empresaria debería diseñar un espacio así para hablar de lo importante antes de que sea urgente. Con perspectiva, puedo decir que esas reuniones están al nivel de mi educación formal. Pienso que en una familia la riqueza más difícil de construir no es el dinero sino la armonía.
No es consenso inmediato, es algo en el corazón, una “vibra” compartida que permite saber que hay amor por encima de las diferencias. Y también es gobernanza: reglas compartidas, rituales, conversaciones estructuradas y mecanismos para procesar diferencias.
Con armonía y arquitectura, el dinero deja de ser una amenaza y se vuelve una herramienta para servir, crecer y trascender. La pregunta no es si habrá conflictos. Los habrá. La pregunta es si la familia tiene un sistema para convertirlos en madurez y futuro.
Lue Araujo
Coach de mindset
lue@luearaujo.com
