Armonía: la mejor herencia
Nos llamó Violeta —la secretaria de mi abuelo— para citarnos el sábado 7 de enero de 1995. Los invitados éramos los nietos mayores de diez años. La llamada tenía ese tono serio que, cuando uno es niño, suena a regaño.
Colgué pensando: “¿Qué habrá hecho alguno de mis primos?” No hubo regaño. Empezó algo más serio: un proceso de formación que hoy entiendo como un activo estratégico. Mis abuelos se anticipaban a un riesgo que en Colombia —y en toda Latinoamérica— se repite: los negocios familiares destruyen a la familia, o la familia destruye los negocios.
Hay pérdidas que no salen en un balance. La más costosa es cuando las diferencias escalan hasta volverse irreconciliables. Ahí el patrimonio tangible e intangible de una familia entra en la zona de peligro: orgullo, rivalidad, heridas........
