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El naufragio de Oriente Medio: de la traición imperial al colapso del orden mundial.

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02.04.2026

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Cuando terminó la Primera Guerra Mundial, gran parte del mundo árabe esperaba que el colapso del Imperio otomano abriera el camino a una gran entidad política árabe independiente. Durante la guerra, Londres había alentado esa expectativa mediante la correspondencia entre Hussein bin Ali y el alto comisionado británico Henry McMahon.

Pero al mismo tiempo, Gran Bretaña y Francia habían firmado en secreto el Acuerdo SykesPicot, que dividía el Próximo Oriente en zonas de influencia. La contradicción fue evidente cuando, tras la guerra, el sistema de mandatos de la Sociedad de Naciones consolidó el control europeo sobre Siria, Líbano, Irak y Palestina.

Para muchas élites árabes, aquello fue el primer gran trauma político moderno: la sensación de haber sido utilizados y después abandonados. La segunda fractura llegó con la Declaración Balfour de 1917 y el mandato británico sobre Palestina. El establecimiento del Estado de Israel en 1948 y la guerra que lo acompañó provocaron el desplazamiento masivo de palestinos —la Nakba— y abrieron un conflicto que desde entonces ha marcado la política regional.

Más allá del debate sobre legitimidades históricas, lo cierto es que la creación de Israel transformó la región en tres sentidos:

convirtió Palestina en una cuestión central de identidad política árabe;

generó guerras periódicas entre Israel y Estados vecinos;

introdujo un conflicto permanente en el corazón geográfico del mundo árabe.

En los años cincuenta y sesenta surgió una figura que parecía capaz de revertir esa situación: Gamal Abdel Nasser.

Nasser representaba varias ideas simultáneamente:

modernización estatal,

independencia frente a Occidente,

y un proyecto político laico.

Tras la Crisis de Suez de 1956, en la que Egipto resistió el ataque de Israel, Francia y el Reino Unido, Nasser se convirtió en el líder más popular del mundo árabe. Durante una década pareció posible la creación de un bloque político árabe capaz de actuar con autonomía estratégica.

Todo cambió con la Guerra de los Seis Días en 1967.

Israel derrotó en pocos días a Egipto, Siria y Jordania. La guerra destruyó la confianza en el proyecto de Nasser y en el nacionalismo árabe laico.

El impacto psicológico fue enorme:

el líder que había prometido restaurar la dignidad árabe quedaba derrotado;

los ejércitos árabes demostraban su debilidad;

Israel aparecía como una potencia militar dominante.

Muchos intelectuales árabes han descrito 1967, como el verdadero punto de inflexión del mundo árabe moderno.

Tras esa derrota, se abrió un vacío político e ideológico. El nacionalismo árabe perdió credibilidad y comenzaron a ganar fuerzas corrientes islamistas que ofrecían una interpretación distinta del fracaso: el problema no era la política, sino el abandono del islam.

Uno de los pensadores más influyentes en esa transición fue Sayyid Qutb, ideólogo vinculado a la Hermanos Musulmanes.

Sus ideas planteaban que:

las sociedades musulmanas vivían en una nueva “ignorancia” moral,

el islam debía recuperar su centralidad política,

y la lucha contra regímenes considerados impíos era legítima.

Décadas después, ese marco ideológico influiría en movimientos como AlQaeda y el llamado Estado Islámico. En ese sentido, el auge del yihadismo no surge de la nada; está conectado con el colapso del proyecto político que había encarnado Nasser. Mientras el mundo árabe atravesaba esa crisis interna, otra dinámica se consolidaba: la competencia entre las superpotencias.

Durante la Guerra Fría, Oriente Medio se convirtió en una región estratégica para el planeta por tres razones:

su posición geográfica entre Europa, Asia y África;

la rivalidad entre Estados Unidos y la Unión Soviética;

el peso decisivo del petróleo.

Estados Unidos fue aumentando su presencia política y militar para asegurar el acceso a los recursos energéticos y contener la influencia soviética. Esa estrategia reforzó alianzas con determinadas monarquías y gobiernos regionales, pero también contribuyó a mantener estructuras políticas frágiles o autoritarias.

A lo largo de las décadas siguientes se acumuló una cadena de conflictos:

guerras árabe-israelíes,

guerras civiles regionales,

invasiones y ocupaciones,

rivalidades entre potencias regionales.

La invasión de Irak en 2003 desestabilizó profundamente el equilibrio regional y abrió espacios para nuevas milicias y movimientos radicales. En paralelo, el fracaso de las llamadas “primaveras árabes” reforzó la sensación de bloqueo político.

Hoy Oriente Medio es una región donde coexisten varios factores desestabilizadores:

conflictos no resueltos desde mediados del siglo XX;

Estados debilitados o fragmentados;

rivalidades entre potencias regionales;

intervenciones de potencias externas.

El resultado es un sistema regional con muy pocos mecanismos de contención.

El escritor Amin Maalouf describió este proceso en su libro El naufragio de las civilizaciones. Su idea central es que la región ha sufrido una acumulación de rupturas:

fracaso de proyectos políticos internos,

y pérdida progresiva de convivencia cultural.

Lo que antes era un espacio de encuentro, se ha convertido en un escenario de fracturas. Y sobre todo ha destruido a las naciones árabe musulmanas. Todas han sufrido la prepotencia e invasiones del Estado de Israel.

La tragedia contemporánea de Oriente Medio no puede explicarse por una sola causa. Es el resultado de una cadena histórica donde se combinan:

decisiones imperiales europeas tras la Primera Guerra Mundial;

la centralidad del conflicto israelí-palestino;

el fracaso del nacionalismo árabe;

la aparición de movimientos islamistas radicales;

y la intervención continua de potencias externas.

Comprender esa cadena no significa justificar la violencia ni las tragedias actuales. Pero sí ayuda a entender que los conflictos de hoy no surgieron de repente. Son el resultado de más de un siglo de historia acumulada.

¿Es posible salir de este laberinto?

Si algo muestra la historia reciente de Oriente Medio es que la región no ha conseguido construir un sistema de equilibrio político estable. Las guerras repetidas, los desplazamientos masivos de población y el odio acumulado entre sociedades han creado una atmósfera que no invita al optimismo. Sin embargo, aceptar que el conflicto es inevitable puede ser una forma de resignación peligrosa. Si la historia creó este laberinto, también la historia —y la política— pueden abrir salidas.

La primera condición para cualquier solución futura es reconocer la complejidad real del problema. Durante décadas, muchas iniciativas diplomáticas han fracasado porque se intentó abordar el conflicto como si se tratara de una sola cuestión. En realidad, Oriente Medio es un entramado de conflictos superpuestos: el conflicto palestino-israelí, la rivalidad regional entre potencias como Irán, Arabia Saudí o Turquía, las fracturas internas de varios Estados, y la intervención continua de potencias externas.

Sin embargo, la cuestión palestina sigue siendo el nudo simbólico y político central. Mientras ese conflicto permanezca sin resolver, será difícil estabilizar el conjunto de la región. Desde hace décadas, gran parte de la diplomacia internacional ha considerado que una solución basada en dos Estados —Israel y Palestina— podría ofrecer un marco de coexistencia, aunque hoy ese escenario se enfrenta a enormes dificultades políticas y territoriales. La segunda condición sería reconstruir un equilibrio regional. Durante la segunda mitad del siglo XX, el sistema de Oriente Medio estuvo marcado por rivalidades ideológicas y estratégicas que nunca llegaron a resolverse. Hoy el panorama incluye tensiones entre bloques regionales, así como la rivalidad entre corrientes religiosas, en particular entre el islam suní y el chiismo, que se ha convertido también en un factor político importante en varios conflictos. La tercera condición tiene que ver con el papel de las potencias externas. Durante más de un siglo, Oriente Medio ha sido escenario de intervención de actores externos que perseguían intereses estratégicos: primero las potencias coloniales europeas, después las superpotencias de la Guerra Fría, y más tarde nuevas potencias globales. Un futuro más estable exigiría que las grandes potencias abandonaran la lógica de utilizar la región como tablero geopolítico y favorecieran soluciones políticas duraderas. La cuarta condición, quizás la más difícil, es reconstruir la confianza entre las sociedades. Las guerras, los atentados, las ocupaciones y las represalias han acumulado un nivel de desconfianza y resentimiento que atraviesa generaciones. Ningún acuerdo político podrá consolidarse si no se acompaña de procesos sociales que permitan reconstruir espacios de convivencia.

En ese sentido, la historia recuerda que Oriente Medio no ha sido siempre una región condenada al conflicto. Durante largos periodos fue un espacio donde convivieron comunidades religiosas, culturales y lingüísticas diversas. El desafío del futuro consiste en recuperar parte de esa capacidad de coexistencia, adaptada a las realidades políticas actuales. La tarea es inmensa y los obstáculos son evidentes. El odio acumulado, las heridas abiertas y las rivalidades geopolíticas hacen difícil imaginar soluciones rápidas. Pero también es cierto que muchas regiones del mundo que durante décadas parecían atrapadas en conflictos insolubles terminaron encontrando caminos hacia la estabilidad.

Por eso, a pesar del pesimismo que domina el panorama actual, la historia también invita a recordar que los sistemas políticos no son inmutables. Cambian cuando se producen transformaciones profundas en la política, en la economía y en la conciencia de las sociedades.

Oriente Medio, cuna de algunas de las civilizaciones más antiguas de la humanidad, sigue siendo una región de enorme vitalidad cultural e histórica. Su futuro no está escrito de antemano. Dependerá, como tantas veces en la historia, de la capacidad de sus pueblos y de la comunidad internacional para encontrar caminos que permitan sustituir el ciclo de guerra por un horizonte de convivencia.

No hay razón para ser optimistas, puede incluso que el mundo actual lo hayan empeorado los optimistas y hubiera sido mejor si hubiéramos escuchado las advertencias de los pesimistas y sus rigurosos análisis en los que mostraban que había que cambiar desde los inicios del siglo XX, el camino que seguía la humanidad.

Tras la Primera Guerra Mundial 1914-1918 sabíamos que esta confrontación había generado la mayor tragedia industrial de la historia. Sabíamos también que había que controlar las decisiones de los lideres que gobernaban la potencias y que no debían tener el poder de entrar en guerra sin un Referéndum nacional. Éramos conscientes de que teníamos que paralizar el desarrollo tecnológico bélico y que el desarrollo era un arma de doble filo: podía mejorar nuestras vidas, pero también destruirlas.

Nada de eso hicimos y avanzamos como si estuviéramos deseos de descender a los infiernos. Era evidente que un mundo globalizado, en el que también se había globalizado la guerra, tenía que ser regido por instituciones internaciones que primaran la paz y la armonía entre las grandes potencias.

No lo hicimos, y por tanto se agravaron los problemas que anunciaban – aunque no quisiéramos oírlo – que podíamos alcanzar el Apocalipsis. Hoy día, sabemos también que hay tres poderosas fuerzas que pueden destruirnos: la ambición de los seres humanos, el capitalismo y el socialismo destructor, la megalomanía de los dirigentes de Norte América, Rusia, China e Israel. Y, sobre todo, que el Estado nación no es compatible con la paz y que, si no controlamos las futuras innovaciones y grandes avances tanto en IA como en biotecnología o en armamento, difícilmente podemos pensar que el futuro llegue a ser una Arcadia feliz para los seres humanos.

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