El Che Guevara: el héroe de la camiseta que la historia desnuda
Hay personajes que pasan a la historia por lo que hicieron. Y hay otros que, con el paso del tiempo, terminan pasando a la historia por la imagen que otros construyeron de ellos.
Ernesto «Che» Guevara pertenece, en buena medida, a esta segunda categoría.
Su rostro aparece estampado en camisetas, banderas, carteles, mochilas y paredes de medio mundo. La famosa fotografía de Alberto Korda convirtió su mirada desafiante y su boina en un símbolo universal de rebeldía. Para generaciones de jóvenes, el Che sigue representando la lucha contra el poder, la defensa de los pobres y la resistencia frente al sistema.
Pero existe una pregunta que convendría hacerse antes de convertir una fotografía en una bandera: ¿qué ocurre cuando apartamos la camiseta y abrimos los libros de historia?
Porque detrás del icono había un hombre. Detrás del hombre, una revolución. Y detrás de aquella revolución hubo violencia, fusilamientos, represión política y una concepción del poder difícilmente compatible con aquello que hoy entendemos por libertad.
EL CHE QUE NO CABE EN UNA CAMISETA
El Che no fue simplemente un joven idealista con una boina.
Fue un revolucionario marxista convencido de que la violencia podía ser una herramienta legítima para transformar la sociedad y conquistar el poder. Participó activamente en la Revolución cubana y, tras la caída de Fulgencio Batista en 1959, pasó a ocupar responsabilidades de enorme relevancia dentro del nuevo régimen encabezado por Fidel Castro.
Uno de los capítulos más controvertidos de su trayectoria fue su vinculación con los procesos y ejecuciones llevados a cabo en la fortaleza de La Cabaña, en La Habana, después del triunfo revolucionario.
Allí fueron juzgados y fusilados numerosos miembros y colaboradores del régimen anterior. La responsabilidad exacta de Guevara en cada una de aquellas ejecuciones ha sido objeto de debate histórico, pero su papel como comandante de La Cabaña y su defensa pública de la justicia revolucionaria forman parte de una realidad que difícilmente encaja con el retrato edulcorado del guerrillero romántico.
El propio Guevara llegó a defender ante Naciones Unidas, en 1964, la existencia de fusilamientos revolucionarios.
Porque una cosa es enfrentarse a una dictadura y otra muy diferente aceptar que, una vez conquistado el poder, el nuevo régimen pueda decidir quién merece vivir y quién merece morir en nombre de una revolución.
La historia del siglo XX ofrece demasiados ejemplos de cómo empieza ese camino.
LA REVOLUCIÓN QUE PROMETÍA LIBERTAD
La Revolución cubana nació denunciando la corrupción, la desigualdad y la dictadura de Batista. Muchos cubanos encontraron en ella una esperanza de cambio.
Pero la historia posterior fue muy distinta de aquella promesa inicial.
El nuevo régimen terminó consolidando un sistema comunista de partido único, restringiendo la oposición política y limitando severamente libertades civiles y políticas.
Y el Che no fue un observador distante de ese proceso.
Fue uno de sus protagonistas.
Desde sus responsabilidades políticas y económicas defendió la construcción de una sociedad socialista y la creación del llamado «hombre nuevo»: un ciudadano cuya vida debía quedar subordinada a los objetivos de la revolución.
Ahí aparece una diferencia fundamental entre dos concepciones políticas.
Para el pensamiento colectivista, el individuo puede convertirse en una pieza al servicio de un proyecto superior.
Para una concepción liberal y conservadora de la sociedad, ocurre precisamente lo contrario: el poder existe para proteger a la persona, no para convertirla en instrumento de una ideología.
La libertad no es un premio que el Estado concede cuando considera que el ciudadano se lo merece.
Es el punto de partida.
CUANDO EL ESTADO SE CONVIERTE EN UNA RELIGIÓN
La historia europea ya había demostrado, antes incluso de la Revolución cubana, los peligros de convertir una ideología en una verdad absoluta.
El siglo XX fue el gran laboratorio de los totalitarismos.
Desde la Unión Soviética de Stalin hasta la Alemania de Hitler, pasando por los experimentos comunistas posteriores en Europa y Asia, existe una constante que debería resultar imposible de........
