César Valdeolmillos Alonso: «La fuerza de la ley o la ley de la fuerza»
«Donde acaba la ley, comienza la tiranía» – John Locke
La visita de León XIV a España dejó imágenes de cordialidad institucional, discursos sobre el diálogo y llamamientos a la convivencia. Sin embargo, algunos episodios aparentemente menores ocurridos durante esos días revelan una realidad más profunda y preocupante. Porque las democracias no se debilitan únicamente cuando se desafían sus leyes, sino también cuando se intenta sustituir el pacto por el gesto, la norma por la presión simbólica y el acuerdo común por el hecho consumado.
Lo ocurrido alrededor de la visita del Pontífice permite reflexionar sobre una cuestión esencial: qué sucede cuando determinados proyectos políticos dejan de intentar cambiar las reglas mediante los procedimientos establecidos y comienzan a actuar como si sus objetivos justificaran cualquier método para alcanzarlos.
Hubo algo profundamente revelador en la ovación que recibió León XIV en las Cortes españolas. Durante largos minutos, diputados de todas las tendencias aplaudieron palabras como diálogo, encuentro, reconciliación, convivencia y paz. Nadie pareció discrepar. Nadie levantó la voz para defender la confrontación, la ruptura o el enfrentamiento.
Y, sin embargo, al observar la realidad política española surge una pregunta inevitable: si todos están tan de acuerdo con esos principios, ¿por qué España vive instalada desde hace años en una creciente dinámica de fractura?
Quizá porque resulta más fácil aplaudir los principios que asumir las consecuencias que exigen.
La gran aportación de las democracias modernas no consiste en haber eliminado los conflictos. Los seres humanos seguiremos discrepando mientras existamos. Pensamos distinto, sentimos distinto y perseguimos intereses distintos.
El verdadero hallazgo de la democracia fue otro, mucho más humilde pero mucho más inteligente.
Descubrió que no era necesario que todos pensaran igual para convivir.
Bastaba con que todos aceptaran las mismas reglas y se respetasen mutuamente.
Ese fue el espíritu de la Transición española. No porque desaparecieran las diferencias ideológicas, sino porque antiguos adversarios comprendieron algo elemental: ninguna España podía imponerse definitivamente sobre la otra sin arrastrar al país a una nueva tragedia.
La Constitución de 1978 fue precisamente eso. Un pacto. Una renuncia colectiva. Cada cual abandonó una parte de sus aspiraciones máximas para construir un espacio común donde todos pudieran seguir defendiendo legítimamente sus ideas sin excluirse.
Cataluña participó plenamente en ese acuerdo. No fue una excepción. No fue una imposición. Los catalanes respaldaron aquel pacto constitucional con mayor intensidad que ninguna otra región española. Aceptaron las reglas igual que el resto de los españoles. Y durante décadas esas reglas permitieron el mayor período de libertad, prosperidad y autogobierno de toda la historia contemporánea de España.
El problema aparece cuando alguien decide que las reglas sólo son obligatorias mientras sirven a sus intereses.
Porque ahí deja de hablarse de democracia y empieza a hablarse de poder.
Conviene detenerse aquí un instante. Porque alguien podría objetar: ¿acaso no tiene derecho una minoría a cuestionar el pacto que un día aceptó?
La respuesta es sí. Por supuesto que lo tiene. Cuestionar es pensar, y pensar es libre.
Pero existe una diferencia radical —aunque a menudo se intente disimular— entre cuestionar y quebrantar.
La propia Constitución prevé mecanismos no sólo para reformarla, sino incluso, en un plano teórico extremo, para su eventual sustitución mediante los procedimientos que ella misma establece.
El derecho a discrepar está blindado. Lo que no está blindado es el derecho a ignorar las reglas porque no se dispone de la fuerza legal necesaria para modificarlas.
Cuando eso ocurre, cuando la discrepancia deja de ser palabra y se convierte en hecho consumado al margen de la norma, entonces ya no estamos ante una opinión.
Estamos ante una imposición.
Los nacionalismos identitarios han desarrollado una extraordinaria habilidad para envolver sus objetivos políticos en nobles conceptos culturales.
Hablan de lengua cuando pretenden hablar de poder. Hablan de identidad cuando pretenden hablar de privilegios. Hablan de agravios cuando pretenden hablar de hegemonía. Y hablan de convivencia........
