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Porque lo soñamos

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20.07.2026

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rte, situada en una calle céntrica de su ciudad. Allí pasaba las horas muertas contemplando un óleo que reproducía la imagen de una mujer.

Después, regresaba a su casa, cenaba pronto y se acostaba feliz, sabiendo que, nada más dormirse, volvería a vivir el sueño de cada noche, en el que poseía aquel objeto que tanto turbaba su alma.

Un día, no pudiendo resistir más, adquirió la obra de sus desvelos, a costa de consumir la casi totalidad de los ahorros de su vida e hipotecar su vivienda; pero valió la pena, porque ahí estaba ella, en su casa. Al fin y al cabo, él era soltero y no tenía una mujer a la que dar explicaciones, ni tampoco las responsabilidades económicas propias que conlleva tener una familia.

Pero desde ese día ya no volvió a ser el mismo. El miedo —no, el pánico— a que durante sus ausencias alguien pudiese robarle su preciado tesoro, o a que un incendio convirtiera en cenizas la irrepetible pieza, provocó que terminara por no pisar la calle. ¿Y dormir, para qué? ¿Para qué soñar ahora que su sueño se había convertido en real…?

Durante los meses que siguieron se fue consumiendo en un dulce letargo, hasta que llegó el día en que la vela de su vida se apagó definitivamente, y, con ella, su realidad.

Y es que poseemos aquello que no tenemos, porque lo soñamos, y al soñarlo lo hacemos nuestro.

Sin embargo, cuando somos capaces de materializar nuestros sueños y hacerlos realidad, entonces pasamos de poseer a ser........

© Periodista Digital