Con los dedos de una mano
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Se puede contar con los dedos de la mano las veces que he tenido una experiencia mística, a lo largo de mis 71 años de vida; se puede contar con los dedos de la mano y aún sobra alguno. Pocas, pero no olvido ninguna. Esta fue una de ellas.
Sucedió el 16 de junio de 2018, durante la primera misa de la mañana, durante la Eucaristía.
Por aquel entonces, no podía evitar que, durante la Consagración, al oír los versículos de la Última Cena, mi espíritu se trasladara a aquellos momentos, reviviendo los dramáticos acontecimientos que a continuación, y sin respiro, se iban a producir: La angustia y la soledad en el Huerto de los Olivos; la bofetada del sumo sacerdote, la humillación, los insultos, los escupitajos, la corona de espinas; la flagelación; el camino al Calvario; la crucifixión; la lanzada; la expiración…
Aquel día, en ese momento, no pude contener la desgarradora exclamación: ¡CUÁNTO DOLOR! Y fue justo entonces cuando sentí una voz en mi interior: No digas ¡CUÁNTO DOLOR!, más bien di ¡CUÁNTO AMOR!
Hicieron falta varias horas, y mucha agua fría en la cara, hasta darme cuenta que, una vez más, los árboles no me habían dejado ver el bosque. No es el dolor el protagonista de la Pasión y Muerte de Jesucristo, sino el Amor con mayúsculas.
¡Cuánto me queda aún por aprender!
NOTA: Si cuento esto, no es por exhibicionismo ´moralista´, sino porque creo que si un desgraciado como yo, tiene una experiencia mística, no es para que se la guarde, sino para que lo........
