Dejadme ser una mamarracha
Me di cuenta de que había madurado el día en el que dejé de tener opiniones firmes sobre las cosas importantes. Si alguien me pregunta hoy sobre la unidad de la izquierda, cuando consiga parar de llorar le diré que tengo tantos argumentos en contra como a favor, así que para emitir un juicio debería de plantearme primero qué se quiere decir con “unidad” y a partir de ahí comenzaría a tener un poco más claras las cosas. Pero sobre cuestiones que aparentemente pueden parecer triviales, tengo posicionamientos que rozan la intransigencia. Podría batirme en duelo para defender la visión que tienen Dave Filoni y Rian Johnson de Star Wars incluso con el mismísimo Mark Hamill, y moriré protegiendo la colina de que Karl Lagerfeld y Anna Wintour se han cargaron el mundo de la mos.
Pudiera ser que preocuparse por estos temas, cuando cada día estamos al borde de que Trump nos meta de cabeza en una guerra nuclear, a mucha gente le pueda parecer superficial e irrelevante, pero se equivocan. Porque el arte, la belleza, la moda hacen de este mundo un lugar mucho más agradable y acogedor. Y yo no me hice atea para defender que este mundo ha de ser un valle de lágrimas, porque solo vivimos una vez y hay que hacer que merezca la pena hasta el último segundo. Pero es que además estas cosas aparentemente superficiales como la ropa que nos ponemos, los cuadros que se pintan o las películas que se ruedan son el reflejo perfecto de los vaivenes políticos y los cambios sociales. Y si alguien quiere entender el lugar de las mujeres en el mundo solo tiene que mirar cómo nos hemos vestido a lo largo de la Historia. O más bien cómo nos han vestido.
Porque la ropa -que no es necesariamente moda- es la forma con la que nos presentamos ante los demás, cómo nos “leen” desde fuera, lo que la convierte en un instrumento político y en una herramienta de control o de emancipación personal o colectiva. Y la historia de la moda femenina -y masculina- es la crónica de cómo se nos ha intentado dominar, ocultar y moldear -mental y físicamente-, pero también liberar. No ha habido ninguna revolución política y social, ningún cambio de paradigma, que no haya ido acompañado de una revolución en el vestir.
Cuando al finalizar la Primera Guerra Mundial las mujeres se apropiaron del color del luto para convertir el negro, que hasta ese momento las ocultaba, en el color de la fiesta y la elegancia, le estaban dando una patada en el trasero a las normas decimonónicas sobre la feminidad, a los corsés, a la discreción y al apocamiento. El negro pasó a ser un color que desafiaba, empoderaba. El color de las flappers, de las chicas roqueras, de las punkis, de las emos. El color del descaro y la seguridad en una misma. Que en tiempos de reacción las marcas, las revistas y las gurús de la moda insistan tanto en el regreso del marrón, en la vuelta a la elegancia "clásica", pequeño burguesa de la discreción y el segundo plano, es un posicionamiento político y una advertencia sobre el papel que se nos quiere reservar a las mujeres.
No es casualidad entonces que se estrene ahora la segunda parte de ese bodrio que es El diablo viste de Prada, ñoñeria hecha a mayor gloria de Anna Wintour, una señora cursi e insoportable que junto a Karl Lagerfeld hizo retroceder la moda más de cincuenta años, borrando de un plumazo todo rastro de diversidad, desdibujado de las barreras entre los géneros, libertad y diversión. Wintour y Lagerfeld alentaron la estética de los excesos de Wall Street, la extrema delgadez, el sistema de las top models -en donde las modelos eran más importantes que los diseños- y confundieron elegancia con dinero y famoseo.
Al quitarle a la moda todo lo que tenía de arte, de juego, de sueño, la transformaron en mera industria de corte y confección, sobrevalorada y subastada al mejor postor, abriendo las puertas al fast fashion y a la rueda del consumo desmedido, al deseo por la última tendencia, al copiar, comprar y desechar, a la uniformidad y a la falta de estilo personal. Entrar en Instagram hoy en día es toparse con miles de vídeos de influencers de la moda vestidas igual, con la misma maceta en la cabeza -un pill box horrible- y comprando en las mismas tiendas. Una rueda imparable de prendas que son tendencia un instante para quedar desfasadas en días, de consumo constante y agotador para el planeta pero también para las propias consumidoras, siempre ansiosas, insatisfechas. Con ello nos han robado el poder de convertir la ropa en una verdadera forma de expresión individual con la que escandalizar, llamar la atención, pasar desapercibida o dar risa. Nos han arrebatado la posibilidad de ser unas mamarrachas únicas y originales. De ser nosotras mismas.
