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Los gorriones están desapareciendo: ¿qué pájaros dibujarán ahora los niños?

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29.03.2026

Vivo en un sexto y último piso y duermo a dos metros de altura del suelo. En una buena cama colocada en un altillo de madera al que accedo por una escalera de mano, igual que si subiera a un árbol. Podría decir que el motivo es un sueño infantil, placentero y reiterativo, mágico, en el que volaba por el cielo convertido en pájaro. El niño de don Antonio Machado soñaba con un caballito de cartón y yo con pájaros volando. Con dos metros no se llega a las nubes, ciertamente, ni a rozarlas siquiera por mucho que estires los brazos, pero algo es algo como principio para no renunciar a los deseos: el mismo sueño que tuvo el joven Ícaro, el hijo de Dédalo, el primer ingeniero aeronáutico construyendo alas de cera que derrite el sol y laberintos de minotauros.

Además de por ese espíritu de elevación, la verdadera causa de dormir ahí arriba, fue por colocarme a la altura de un ventanuco, un cuadrilátero de medio metro, con su ancho alféizar exterior, que es mi ventana al mundo del otro lado. Mi ventana a la vida y a la luz. Al espacio. El oxígeno para seguir respirando en la asfixiante gran ciudad. Desde allí arriba veo los tejados de los inmuebles aledaños, sus antenas de televisión, algún pararrayos, las terrazas de los hoteles donde a la noche se celebran fiestas con luces de gas neón: encarnadas, amarillas y azul mercurio. Más al fondo, hacia el ocaso, la torre de la iglesia de san Lorenzo, la punta de los estilizados cedros del patio de las monjas, y en la lejanía la silueta blanca de la sierra.

Al amanecer, un sol redondo como una naranja se mete conmigo en la cama, convirtiendo en oro todo lo que toca: los muebles, los libros, los cuadros, la........

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