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Tejero: instante de una anatomía

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25.02.2026

Cuando un régimen —el que sea— dura mucho tiempo y pierde el miedo a ser defenestrado, sus servidores se van volviendo caricaturas. Pierden la tensión creativa de los tiempos de la revolución y su consolidación. Se les van atrofiando aquellas aptitudes que eran necesarias cuando se combatía a enemigos formidables, pero ya no se necesitan. Pierden la habilidad, la versatilidad, la audacia, la frescura, la complejidad. Todo está atado y bien atado y no pasa nada por ser inhábiles, inversátiles, inaudaces. Más bien hace falta serlo; no moverse, porque el que se mueve no sale en la foto.

En los tiempos de Brézhnev, en la URSS, había un funcionario que llevaba un archivo de citas sueltas de Lenin escritas en fichitas. Cuando algún burócrata tenía que dar algún discurso, acudía a él, a pedirle un manojo. Lenin, uno de los sujetos más audaces de la historia, se había vuelto eso: una calderilla de fichitas. No hacía falta más, ni tampoco lénines nuevos. Nadie quería ser original. Había, también, escuelas de oratoria en las que se enseñaba el arte de la lengua de madera, de la palabrería ritual; el Chat GPT de la sintaxis desganada de la tribu. Pero esto no era solo un asunto de cínicos: también seguía habiendo exaltados; creyentes sinceros con no muchas luces, pero mucha pasión. Ellos también hablaban la lengua de madera. La hablaban a voces, la desplegaban en exabruptos.

Al franquismo le pasó. Sus primeros servidores fueron bestias sanguinarias, unos hijos de la gran puta con tres docenas de balcones a la calle, pero no tenían un pelo de tontos. No hubieran ganado una........

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