Nuda propiedad (de nuestras vidas)
Hace unos días, mi novio y yo estuvimos charlando un rato con un vecino del barrio al que conocimos por casualidad. En el centro de Madrid cada vez resulta más complicado generar conexiones con otros habitantes reales de la ciudad –el último negocio que ha abierto en nuestra calle es un local de monólogos en inglés, sobran las explicaciones–, así que fue bonito dar con alguien de otra generación con el que tenemos cosas en común. Y más mi novio, que congenió especialmente con este señor porque ambos comparten profesión, diseño de interiores.
Entre anécdotas y recomendaciones de fruterías, nos contó que se había establecido en el barrio hace justo treinta años, cuando frente a la incomprensión de su entornó compró un espacio amplio en un patio de vecinos (que en ese momento se usaba de garaje) para transformarlo en una diáfana vivienda. Como cualquier persona menor de 45 años que recibe la información de cómo funcionaba el mercado inmobiliario en el pasado, mi novio y yo apretamos los músculos del vientre a la espera del golpe. Porque, tal........
