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No parece española

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01.03.2026

La primera vez que fui al cine tenía tres años, así que recuerdo poco más que a la bestia recuperando su cuerpo de hombre entre el eclipse que componían los asientos delanteros. No sé si fue la segunda vez, no sé cuántos años tenía, pero la transmutación final de Casper en un niño de carne y hueso ya la vi a pantalla completa, sin tener que imaginarme la mitad. En ambas historias se obraba la magia de la transformación, aunque era un cambio que nos revelaba que aquello que buscábamos había estado ahí desde el principio.

Mi familia y yo íbamos poco al cine, porque estaba lejos y porque el campo otorga descansos exiguos, así que cada película que veía en pantalla grande la absorbía con fruición. El milagro de aquellas imágenes enormes me atravesaba, y entendí que si algo aparecía a ese tamaño tenía que ser mucho mejor que las cosas tangibles que me rodeaban. Por eso mi cerebro cortocircuitó cuando fuimos a ver Manolito Gafotas.

Como fan de los libros de Elvira Lindo, la adaptación firmada por Miguel Albaladejo en 1999 era todo un acontecimiento.........

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