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Marvelys Marrero: “No existe algo más sublime que el momento preciso de escribir”

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24.07.2026

Aunque un jurado imprudente, tal vez sin mala intención, trató de separarla de lo que ya venía perfilándose como una vocación “irrevocable”, Marvelys Marrero (Santa Clara, 1981) ha publicado, entre 2008 y 2021, ocho volúmenes de narraciones más que notables.

Esa producción frondosa, que le ha valido premios, becas, inclusión en antologías y traducciones a otra lengua, creció paralelamente a sus trabajos de diseñadora gráfica y promotora cultural. Además, pinta y hace fotografías.

En algún momento de esta entrevista, Marvelys dice que trabajar mucho la hace muy feliz, pero no devela lo que para mí es el mayor misterio en torno a su persona: de dónde saca tiempo para tanto. 

Este intercambio pretende contribuir a la proyección de una autora de mucho mérito, ya inscrita, a golpe de dedicación y talento, en la cultura del país, más allá de las demarcaciones geográficas que establecen mentes pequeñas. 

Si bien un buen lector no tiene que ser forzosamente un buen escritor, lo contrario es casi imposible: un buen escritor tiene que ser, por fuerza, un buen lector. ¿Cuándo debutaste como lectora?

En la infancia. Amo los libros desde entonces. Recuerdo que siempre que visitaba Santa Clara con mi madre —aunque nací en Santa Clara, mi niñez transcurrió en Quemado de Hilario, un campito ubicado a 7 km de la ciudad— era obligación revisar la librería de la terminal de ómnibus intermunicipales y llevarme al menos tres o cuatro títulos. Corrían los años ochenta, y mientras esperábamos el taxi para regresar al campo, ya iba leyendo. 

Mi madre siempre andaba orgullosa de mi afición por la lectura, con solo sexto grado y en medio del distanciamiento rural, quizás porque fue ella misma quien, ante la ausencia de un curso preescolar, me enseñó a leer. 

¿Cuáles fueron los primeros libros que ejercieron cierta fascinación en ti?

Recuerdo que me fasciné con Pipa Mediaslargas; me identificaba mucho con el personaje. Fui una niña aventurera a la que le gustaba irse sola a la arboleda a buscar frutas, ponía trampas en los arroyos y represas para pescar tilapias y biajacas, y jugaba a las casitas en bajareques que construía con pedazos de madera y zines viejos. Tuve una infancia muy libre en ese aspecto.

Hubo un libro del que no recuerdo su título, pero que tengo las imágenes aún en la cabeza. Tendría yo unos 7 años, y la historia trataba de una madre gata que había sido abandonada con sus gaticos. Contaba las peripecias de la madre para garantizar alimento y prepararlos para la vida. Aunque el final era feliz, recuerdo que me dejó una sensación de tristeza, porque los gaticos, al crecer, abandonaban a la madre para irse a vivir sus propias vidas.

También me encanté con los cuentos de Onelio Jorge Cardoso. Ya esto fue sobre los 10 años, casi al mudarme a Santa Clara. La poesía en la obra de Onelio, esa manera tan natural y sensible de acercarnos a sus personajes, de hacer que todo se sintiera tan real, que cada cuento se percibiera como un dibujo del alma de la gente común y corriente, de cualquier lugar y cualquier contexto, me atrapó para siempre. 

¿Quiénes son aquellos escritores que descubriste en la infancia y en la temprana juventud que te siguen acompañando hasta hoy?

En mi adolescencia descubrí a García Márquez, Isabel Allende, Pablo Neruda, Gertrudis Gómez de Avellaneda, Cirilo Villaverde, Félix Luis Viera, Miguel Ángel Buesa, Agatha Christie… y muchos más. Era una época en la que llenaba libretas de cuentos y poemas. Lo típico en la adolescencia por aquellos años, solo que yo, lejos de transcribir los textos de otros autores, escribía mis propios textos. 

Después del año 2001, con 20 años recién cumplidos, esta lista de autores se hizo muy diversa. Conocí la obra de Reinaldo Arenas, Virgilio Piñera, José Lezama Lima, Charles Bukowski, Abelardo Castillo, Virginia Woolf… La lista es extensa, pero no quiero dejar de mencionar a las narradoras cubanas que de cierta manera marcaron el camino. Nombres como Ena Lucía Portela, Ana Lidia Vega Serova, Lourdes González, Mariela Varona y Rebeca Murga me acompañan siempre desde la admiración.

¿Qué te gusta más, leer o escribir?  

Leer y escribir son para mí dos necesidades muy distintas. Es como un proceso de retroalimentación. A la hora de leer, tengo que encontrarme un texto que me atrape, que me sacuda por los hombros y me obligue a seguirlo, que me arrastre y me haga beber sus páginas. 

Leer como asunto obligado me aburre, me satura. Hay ciertos clásicos con los que nunca he podido. Para mí, leer debe ser un pacto de satisfacción y disfrute, no una especie de tortura académica impuesta. 

¿Qué tipo de lectora eres?

Soy de ese tipo de lectora a la que no le gustan las largas descripciones, ni el regodeo en escenas que luego muy poco aportan a la trama. Me gusta sentir al ser humano detrás del personaje, verlo desde las sensaciones que me transmite la palabra, no con el detalle de su físico ni el color de su ropa. Me importa, por encima de todo, que la literatura me haga sentir.

Al escribir me pasa otro tanto; es una necesidad que, cuando aparece, por más que me resista, termino cediendo. A veces no es el momento más oportuno, ni el lugar, y de repente viene la primera oración de un cuento, así, de la nada; en ocasiones es un párrafo completo. Es como si una voz me dictara; es un proceso donde no interfiere el pensamiento objetivo del autor. Al menos así me ocurre muchas veces. Luego llega un momento, cuando me siento a escribir, que esa voz se silencia y me deja sola a mitad del camino. Es ahí donde entra el oficio, y entonces se revisa, se organiza y se escribe.

¿Puedes simultanear la lectura/escritura de varios libros?

A veces estoy trabajando en un libro sobre un tema y de repente me surge otra historia que no tiene nada que ver. Lo importante es no dejar pasar esa primera oración, ese primer párrafo, al menos anotarlo o grabarlo ahora que tenemos tanta tecnología al alcance, porque es frecuente que, si no se hace, luego de una forma tan mágica como aparece, la idea también desaparece.

Suelo alternar libros al leer, también al escribir. La verdad es que agradezco tanto cuando me encuentro un libro para leer que me atrapa, de ese tipo de libros del que no puedes desprenderte, porque generalmente, cuando eso pasa, es como si se abrieran puertas dentro de mí y naciera todo un universo para ser escrito.

¿Cómo, cuándo descubriste tu vocación literaria? 

Cuando en la infancia me preguntaban si iba a ser bailarina —era muy delgada y alta de estatura—, respondía que sería escritora. Creo que las primeras cuartetas las escribí a los siete años. Vivía en un campo donde la casa más cercana estaba a más de un kilómetro. Mis compañeros de juego eran cinco perros, y a ellos, los pobres, les leía todo lo que escribía.

Desde sexto grado hacía décimas para actividades escolares y escribía algún cuento, y en la secundaria participaba en concursos municipales a nivel de bibliotecas. 

¿Hubo un familiar o un maestro que fuera decisivo en ese despertar?

Agradezco mucho a dos profesoras: Omara García, en sexto grado, y Cristina Pérez Godoy, durante séptimo, octavo y noveno, quienes me recomendaron libros y autores.........

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