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Liudmila Quincoses: “Antes que exista el poema está el asombro”

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28.08.2026

Liudmila Inés Quincoses Clavelo nació en Sancti Spíritus en 1975. Posee una licenciatura en Educación, especialidad en Español y Literatura. También cuenta con tres másteres: Ciencias de la comunicación, Gestión de proyectos culturales y Acompañamiento.

​Ha ejercido como promotora cultural y docente en su provincia natal y en Ciudad de México, donde vive desde hace varios años. Entre los numerosos reconocimientos obtenidos por su obra literaria se cuentan el Premio Internacional de Poesía Frente de Afirmación Hispanista (México, 1998), el Premio Mundial de Poesía Nosside, ganadora absoluta (Italia, 2003), y el Premio Naji Naaman, Literary Prizes (Líbano, 2025). Ha publicado numerosos volúmenes, principalmente de poesía.

​Narra brevemente cómo y cuándo ocurrió tu encuentro con la poesía

Nací en Sancti Spíritus el 4 de abril de 1975 con la mejor familia que me pudo tocar. En la cuarta villa fundada por Diego Velázquez. En la calle Maceo #1 Sur, entre Avenida de los Mártires y Dollz, donde todavía se encuentra la Escribanía. Esta ciudad tiene un encanto tremendo.  

Me criaron mi madre y mis abuelos Inés y Raúl. Mi abuela, a quien todos le decíamos Tesso, me enseñó a leer a los cuatro años, así que a esa edad fui a la escuela. Mi madre siempre tuvo una biblioteca con libros que fueron dejando los habitantes de la casa, construida por mi familia cerca de 1845.

Así que esa colección, que ya era interesante, luego fue enriquecida por ella, que era una lectora voraz, y me inoculó el vicio de comprar libros, y así nació mi vínculo con la literatura. Yo escribía diarios, a los ocho años ya eran poemas que regalaba a mis amigas. Aunque durante mucho tiempo no fui capaz de nombrar aquello que me estaba sucediendo. Antes de entender la poesía como género literario, la experimenté como una forma de contar mi mundo. Lo que sí puedo decir con certeza es que nunca hubo, después de eso, un solo día sin ella: como digo siempre, no sé bien cuándo termino un libro y empiezo otro, porque estoy escribiendo poesía todo el tiempo.

¿Cuáles son aquellas lecturas que te nutrieron en los primeros momentos de formación?

Mi formación tuvo dos cauces que terminaron por convertirse en uno solo: el de la universidad, con la especialidad en Español-Literatura, y el autodidacta, que comenzó mucho antes con esa curiosidad que uno no sabe bien de dónde viene. Así fui descubriendo géneros, autores. Mis primeras lecturas fueron muy diversas. Leí poesía cubana y latinoamericana, pero también literatura universal. Me acompañaron José Martí, Dulce María Loynaz, Fina García Marruz, Eliseo Diego, Lezama, Virgilio Piñera, Gabriela Mistral, Alfonsina Storni, Delmira Agustini, Juana de Ibarbourou, César Vallejo, Federico García Lorca, Borges, Rilke y muchos otros autores.

Dulce María Loynaz y Fina García Marruz fueron particularmente importantes para mí, porque encontré en ellas una manera de convertir lo cotidiano, lo íntimo y lo espiritual en materia poética.

Después llegaron otras lecturas que ampliaron mi horizonte: Pizarnik, Saint-John Perse, T. S. Eliot, los místicos españoles, Madame Blavatsky, la filosofía. Siempre he pensado que mucho de la formación de un escritor depende de aquello que lee de manera aparentemente accidental. Hay libros que uno lee y olvida y hay otros que quedan bordados en nuestra alma. En mis libros hay citas de las lecturas que, ya en plena madurez, aún siguen acompañándome.

¿Participaste en el movimiento de talleres literarios en Cuba? ¿Cómo fue esa experiencia? ¿Contaste con algún escritor o instructor que guiara con acierto tus primeros pasos?

 Sí, los talleres y espacios de intercambio literario fueron importantes en mi formación. En Cuba existía una tradición muy fuerte de talleres, encuentros, tertulias y concursos. Para una joven escritora, ese movimiento significaba encontrarse con otros que también estaban intentando construir una voz.

Aquellos espacios me enseñaron algo fundamental: que escribir no consiste únicamente en tener inspiración, sino en aprender a mirar, a corregir, a escuchar y a volver a escribir. También tuve la fortuna de encontrar personas que estimularon mi formación y que me hicieron comprender que la literatura debía asumirse con rigor.

Mi madre le llevó mis primeros textos a Reinaldo García Blanco y él, muy gentilmente, se acercó a mí. Me pasaba copias mimeografiadas de libros de Borges y de otros autores que no se habían publicado en Cuba. ¡Te imaginas! Y me invitó a un espacio lindísimo en casa de unos amigos donde nos reuníamos los miércoles a las 5:00 p.m.

Luego también comencé a ir al taller de la Casa de la Cultura, con el sabio Julio Crespo Francisco. Yo tenía 14 años entonces. Crecí con la generación de los 80 y eso fue para mí una experiencia de vida tremenda.

La literatura me regaló amigos entrañables: Alberto Sicilia, Sonia Díaz Corrales, Rigoberto Rodríguez Entrenza, Sigfredo Ariel, Arístides Vega, Norge Espinosa, Odette Alonso, Roberto Méndez. Ellos han sido y son una bendición en mi vida. Lo curioso es que cuando me gradué del Instituto Superior Pedagógico, hice mi servicio social en esa misma casa de cultura, y luego era yo quien organizaba los encuentros, debates de talleres; también fui directora del Centro de Promoción Literaria Raúl Ferrer, así que viví los talleres literarios desde las dos partes: como participante y luego como quien los organizaba y sostenía.

¿Cómo era la vida cultural en Sancti Spíritus cuando te empezabas a dar a conocer como escritora?

Sancti Spíritus era una ciudad pequeña, pero culturalmente viva. Mi abuela fue una mujer muy alegre, con una inteligencia natural tremenda; ella y mi madre asistían a todos los espacios culturales de la ciudad, y los museos abrían sus puertas a los escritores, a los artistas en general. Allí, siendo niña, conocí excelentes poetas; los escuché leer.

Mi abuela me llevó para que conociera a un poeta por primera vez. Yo estudié piano, y el director de la escuela de música, Juan Enríque Rodríguez Valle, a quien recuerdo con mucho cariño, organizaba tertulias donde tocábamos y leíamos poemas. Tierra de grandes trovadores, tocaban en los parques, en las casas. Se cantaba mucho, se llevaban serenatas. Se hacían los sábados de la plaza, donde actuaban el Septeto Espirituano y el Coro de Claves, único de su tipo en Cuba.

Cada barrio tenía su comparsa, su pasacalle. Se hacían ferias de arte popular. Y tuve la suerte de conocer a los más grandes escritores del país y escucharlos leer en las Jornadas de la Poesía Espirituana. Fue una fiesta poder conversar con Eliseo Diego, con Cintio y Fina, con Retamar, con Carilda, César López, Pablo Armando. Eso influyó notablemente en mí, en mis lecturas, en mi formación, en mi manera de proyectar mi vida y de asumir mi vocación de escritora. Su presencia, la lectura de sus obras, me hicieron comprender que la literatura debía asumirse con rigor.

Conservo de aquellos años el aprendizaje de la........

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