La poesía, esa sustancia indefinible: un diálogo a tres voces
Esto es una conversación de café entre amigos. Tres nos sentamos a la mesa para hablar de poesía. Afuera dejamos las calamidades cotidianas, la incertidumbre, la inclemencia de los políticos que nos usan como monedas de cambio. Hemos decidido no dejarnos vencer, no entregar sin pelear los años —cortos o largos— que nos quedan. Nuestra resistencia se basa en el principio de que debemos intentar ser como queremos que sean los otros: solidarios, empáticos, justos, honrados y decentes.
Mis interlocutoras, dos jóvenes profesionales cubanas, mantienen en las redes, junto con un grupo que se va nutriendo con el paso de los días, un intenso intercambio sobre poetas, versos y poemas propios y ajenos. Reconocen una sola aristocracia, la del espíritu, y denodadamente luchan para aislarse, en la medida de lo posible, de la mediocridad ambiente.
A esta cita faltó Yadira Albet. Sin embargo, estará presente de un modo singular durante toda la charla, pues por algún tiempo, mientras compartía este plano de la existencia con nosotros, fue una gran divulgadora de la poesía en su muro de Facebook, verdadera inspiración para muchachas y muchachos que se incorporaron, por ella, a este noble ejercicio de detectar y compartir la belleza. En cierta medida, esta columna es una vela votiva ofrecida a su recuerdo.
Bea Couso y Dianelis Zaldívar respondieron a nuestra invitación al diálogo. Trazamos un triángulo en el mapa confuso de nuestros tiempos. Bea vive en Sancti Spíritus; Dianelis, en Santiago de Cuba, y yo estoy temporalmente en Mazatlán, México. Los cortes prolongados y frecuentes de la energía eléctrica y la casi nula conectividad intentaron sabotear nuestro empeño. No lo consiguieron. A oscuras, esperando horas para que bajara una imagen, salvamos nuestro derecho a existir como tribu, y a expresarnos.
Para ambas confeccioné el mismo cuestionario. Cada cual respondió por su lado, sin conocer lo que iba escribiendo la otra. Del entramado de sus voces nace esta columna de hoy, que espero disfruten leyendo tanto como yo ensamblando sus palabras.
Bea Couso (BC): Me llamo Carmen Beatriz Couso Hernández, tengo 31 años. Nací en el municipio y provincia de Sancti Spíritus. Soy médico de profesión, graduada de la Universidad de Ciencias Médicas de Sancti Spíritus en el año 2019. En este momento no estoy ejerciendo la profesión.
Dianelis Zaldívar (DZ): Soy Dianelis Zaldívar Valdés y tengo 35 años. Licenciada en Derecho por la Universidad de Oriente, donde fui profesora de Derecho por 12 años. Actualmente me desempeño como profesora de francés en la Alianza Francesa de Santiago de Cuba, mi ciudad natal.
¿Cuál crees que sea tu principal virtud? ¿Cuál es tu principal defecto?
BC: Creo que mi principal virtud es la empatía, ponerme siempre en el lugar de los demás, entender y sostener. Mi principal defecto —al menos el que me han señalado varios de mis seres queridos— es, precisamente, “el exceso de empatía”; a veces se me olvida mi propio lugar y necesidades por priorizar las de los demás y no poner límites.
DZ: Mi principal virtud es la sinceridad. Mi principal defecto es que puedo ser bastante impositiva, incluso sin darme cuenta. Trabajo en moderarlo para que cada vez se note menos. Creo que lo único honesto que cabe hacer con los defectos es reconocerlos y trabajar en limarlos poco a poco. Nadie tiene la obligación de cargar con ellos. Debemos hacer todo para que le pesen lo menos posible a los demás, aunque nunca lo logremos de manera total. También forman parte de lo que somos.
¿Cómo, cuándo, dónde tuviste el primer contacto con la poesía? ¿Alguna persona en particular te facilitó el acceso a la lectura de este género literario?
BC: Mi primer contacto con la poesía fue a muy temprana edad. Sin saber leer aún, ya rimaba, hacía cuartetas muy sencillas sobre temas cotidianos, como mis mascotas y juegos.
Principalmente, mi padre y mis abuelos facilitaron esto; me compraban muchos libros, y mi papá me los leía en las noches.
En general, los libros no eran solo de poesía y, de hecho, me encanta leer otros géneros. Recuerdo con especial cariño La noche, de Excilia Saldaña, regalo de mi abuela, y La Edad de Oro; también varios libros de Dora Alonso y un pequeño volumen que me regaló mi tía abuela llamado Páginas del joven Martí.
DZ: Mis padres siempre me estimularon a cultivar el hábito de la lectura, aun cuando de pequeña me resistía a leer libros que no tuvieran ilustraciones. Mi mamá me llevaba a las ferias del libro, y era capaz de gastar todo lo que tenía comprándome libros. De pequeña, tanto ella como mi papá me leían antes de dormir.
Mi primer contacto con la poesía fue en el momento en que estaba aprendiendo a leer y escribir. Cayó en mis manos —ni sé bien cómo—, un libro de versos sencillos de José Martí. Mis primeras letras están en ese libro, que aún conservo. Imagina lo que le hace eso al alma, esos versos quedaron grabados a fuego para siempre.
Luego, en los libros de clase en la primaria. Recuerdo que el libro de lectura de tercer grado tenía el “Romance de la niña mala”, de Raúl Ferrer, que me gustó tanto que me lo aprendí de memoria, y en las reuniones de amigos mi papá me pedía que lo recitara. En los libros de literatura del preuniversitario también recuerdo partes dedicadas a la poesía y siempre me sentía atraída por ella, sin que fuera algo muy consciente, me agradaba.
Ya en la Universidad, en la carrera de Derecho, afortunadamente tuve como profesor a un erudito y lector empedernido, como lo es José Walter Mondelo García, alguien muy importante en el desarrollo de mi pensamiento, profesor de Teoría y Filosofía del Derecho y de una asignatura maravillosa que imparte en primer año: Derecho y Literatura. Ahí entré en contacto con la poesía española de la guerra civil, y de otros tantos grandes de la poesía universal. Recuerdo especialmente la impresión que me causó leer por primera vez, a raíz de las clases, los veinte poemas de amor de Neruda. Fue un impacto total.
Luego cayó en mis manos, también gracias a Walter, un cassette con las grabaciones de los poemas de Mario Benedetti en su voz. Los oí una y otra vez hasta que terminé copiándolos todos a mano. Por ahí los conservo todavía.
Pero aún no era nada cotidiano como lo es hoy. Eso empezó hace alrededor de unos 5 o 6 años. Un día, René Fidel González García, gran amigo y también alguien muy culto y lector empedernido, publicó en su muro de Facebook el inmenso poema “Me basta así”, de Ángel González, de quien yo nunca había oído hablar.
Recuerdo que varios amigos pensamos que el poema era del propio René, y se lo comentamos; él aclaró quién era el autor y me sugirió buscar en internet. Y ahí comenzó todo. La emoción cuando empecé a leer los poemas de Ángel fue tal, que decidí en ese momento que ese sentimiento debía estar presente cotidianamente en mi vida.
Ángel fue el poeta que me hizo una asidua lectora de poesía, lo cual no tiene nada de raro, pues, como luego supe, su gran amigo Benjamín Prado (otro excelente poeta español) dice que si sales de algún libro de Ángel sin ser lector de poesía, sigues sin serlo toda la vida, pues sus poemas parecen algo muy sencillo, pero cuando te vienes a dar cuenta, te han atrapado, y ya eres un lector de poesía. Eso fue exactamente lo que me pasó a mí. A partir de ahí empecé a leer poesía con avidez, desaforadamente, todo lo que me caía en la mano; y aún no he parado y no creo que lo haga algún día, pues la poesía es infinita. Ella se ha convertido en oxígeno, refugio, tabla de salvación, compañía.
Siempre busco encontrar esa emoción que resulta de leer un poema que conecta con tu manera de ser y de vivir. Por eso surgió la idea de poner cada día al despertar un poema en mi muro de Facebook. Eso me da alegría y felicidad. Siento tanta libertad cuando escojo el poema del día, le busco una imagen y lo publico, o hago homenajes en los aniversarios de los poetas. La poesía ayuda a vivir, permite respirar y la gente lo necesita mucho, aunque no se dé cuenta, y lo agradecen. Facebook ha sido, para mí, una excelente plataforma para conocer de........
