El bate: un símbolo de resistencia en la batalla de las narrativas
Es probable que cuando pensamos en una guerra mundial imaginemos ejércitos enfrentados, fronteras en llamas, ciudades destruidas y dos bandos claramente identificados. Pero las guerras del siglo XXI son diferentes.
Hoy, buena parte de las grandes confrontaciones ya no se libran necesariamente entre naciones ni entre ejércitos. Se libran en las redes sociales, en las calles, en los medios de comunicación y, sobre todo, en el territorio invisible de las ideas. ¡Es una batalla por el relato!
De un lado, quienes defienden una sociedad con mayores libertades individuales, menor intervención del Estado y mayor responsabilidad de cada persona sobre su propio destino. Del otro, quienes consideran que el Estado debe tener más intervención en la vida social, económica y política, supeditado a la hipervigilancia represiva.
El problema es que esta confrontación ha dejado de ser exclusivamente ideológica. Ha entrado en las familias, ha dividido a los amigos, ha enfrentado a los vecinos, ha convertido las diferencias políticas en abismos personales que, en muchos casos, parecen imposibles de cerrar. Y cuando una sociedad llega a ese punto, la batalla ya no consiste únicamente en ganar elecciones, también consiste en no perder la moral.
Por eso, cuando una corriente política siente que está perdiendo terreno, necesita símbolos, necesita gestos, necesita pequeñas victorias capaces de mantener unido a su propio ejército cultural. La historia está llena de ejemplos: uno de los más poderosos aparece en El Último Castillo, la película protagonizada por Robert Redford. En ella, un general encarcelado comienza a construir una resistencia contra el director de la prisión.
No lo hace inicialmente con armas, lo hace con símbolos, una bandera izada al revés como señal de auxilio, un saludo militar convertido en un código secreto; y, sobre todo, un muro… ¡Un simple muro!
El director comprende que........
