La revolución enmoquetada
23 de marzo 2026 - 03:09
Leí que la vicepresidenta Díaz viajaba a Los Ángeles para asistir a la Gala de los Oscars y mi desbordante imaginación, nutrida desde niño con las travesuras del pecoso Guillermo y alimentada con las hilarantes historias de Wodehouse, Saki y Tom Sharpe, la vio saltando al estrado envuelta en un pañuelo palestino y enarbolando una pancarta del ¡No a la guerra! mientras gritaba consignas anticapitalistas y revolucionarias pidiendo a gritos la dimisión de Trump, la desaparición de Israel y el fin del bloqueo yanqui a Cuba, tan fascinante como inexistente. Después imaginé su detención por el FBI tras huir por los tejados del teatro y protagonizar una excitante persecución cinematográfica en su ruta a México; su imagen difundida por los medios, el conflicto internacional, las concentraciones de militantes de Sumar cantando Imagine cogiditos de las manos y alumbrados con velitas por las plazas de España… Pero nada, me quedé a ver la gala y fue una pérdida de tiempo. Quitando la pegatina vintage del señor Bardem que parece sufrir síndrome de Diógenes reivindicativo, el espectáculo resultó soporífero a efectos revolucionarios.
Tampoco esperaba que la vicepresidenta fuera a atravesar desnuda el escenario como aquel tipo que en los setenta interrumpió de semejante guisa a un refinado David Niven que amén de mantener la compostura con exquisita flema, comento ingenioso: “¿No es fascinante pensar que la única risa que puede desatar ese hombre es la que genera cuando se quita la ropa y muestra sus... pequeñeces?”. Y es que el gobierno no parece querer darnos ninguna alegría. Ya que no aprueba los presupuestos, podría ofrecernos temas de conversación más divertidos que los habituales que nos llevan a la más intensa de las melancolías.
Más tarde, pude colegir que la vicepresidenta no había ido a Hollywood para manifestarse sino a disfrutar de una beca actoral con una breve estancia en el Progres Studio. Lo entendí el viernes cuando los teletipos empezaron a echar humo anunciando que los ministros de Sumar se habían plantado y no entraban al Consejo de Ministros. Y allí estaba ella, hierática y desafiante, como Gloria Swanson en El crepúsculo de los dioses bajando la escalera…
Dos horas duró la función. A toque de clarín, volvieron a la sala, se sentaron y siguieron asumiendo el dictado de quien les ha sentado donde jamás creyeron que podrían estar. En este gobierno y protagonizando otro vodevil.
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