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Emotivismo y despropósito

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26.03.2026

26 de marzo 2026 - 03:08

Un reciente documento de los obispos españoles ha alertado sobre el auge del emotivismo en las prácticas religiosas, no para combatir esa forma de acercamiento de los fieles, con tan larga tradición en la Iglesia católica, pero sí para advertir que nunca puede sustituir la necesidad de una buena formación y de fundamentos morales que no dependan de estados de ánimo más o menos pasajeros.

Aunque el recordatorio parece dirigido a nuevas y muy exitosas formas de presentación y transmisión de la fe, no es posible separar esta cuestión del predominio alcanzado por las emociones en cualquier aspecto de la vida pública o personal por encima de otros criterios. Así, desde hace años, el debate social sobre las cuestiones de mayor calado –el aborto, la violencia doméstica, los derechos de las minorías sexuales, la eutanasia, la inmigración y tantas otras– se ha visto perturbado y degradado por la irrupción del emotivismo como clave argumental. Entre sus consecuencias, la utilización indecorosa de las víctimas presuntas o reales, la presentación escandalosa de los temas y, como corolario, la manipulación de los sentimientos de la gente con fines políticos o ideológicos. Conseguidos estos, no importa ya que más tarde se descubran las falacias y falsedades.

Para muestra un botón: hace unos días, un reportaje de Rubén Prieto en El Debate nos permitía saber que una investigación de genetistas forenses del Instituto Nacional de Toxicología sobre ADN de restos exhumados de recién nacidos, ha permitido desenmascarar el engaño de los pretendidos 300.000 casos de bebés robados entre 1960 y 1990. ¿Quién no recuerda la eclosión en torno a 2010 y la subsiguiente explotación política del escándalo? Se pasó del señalamiento de personas concretas, cuyo honor se destruyó, a la imputación al franquismo de una práctica sistemática de secuestro de niños de familias pobres en beneficio de gentes pudientes y ansiosas de adoptar los hijos que no podían tener. En 2011 alguien acuñó lo de los 300.000 bebés robados, cifra que acríticamente fue aceptada por los medios españoles e internacionales. En medio de la ola de solidaridad emotivista con las miles de familias presuntamente afectadas, nadie reparó en que era necesario aceptar que cada día, durante décadas, habían desaparecido 27 bebés de los hospitales españoles. El emotivismo, en ese y tantos asuntos, solo propicia el despropósito.

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