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Y de repente, un ángel: Gabriela De Paiva

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26.03.2026

A veces la política no cambia de manera gradual. No se transforma con discursos largos ni con promesas recicladas. Cambia de golpe, cuando aparece alguien que no encaja en el molde. Y entonces, casi sin aviso, surge una figura que no parece diseñada por el sistema, sino precisamente contra él.

No es un milagro ni una ilusión romántica. Es, más bien, una interrupción incómoda, una presencia que deja en evidencia lo gastado, lo torpe, lo corrupto y lo repetitivo de lo que venía antes.

La frase y de repente, un ángel no debe entenderse como algo ingenuo o sentimental. Aquí el ángel no es pureza idealizada ni perfección imposible. Es una metáfora incómoda: la irrupción de alguien que no responde a la lógica de la politiquería boliviana, alguien que no parece hecha para sobrevivir en un ambiente donde el cálculo, el oportunismo y la mediocridad suelen ser la norma.

Los ángeles no caen del cielo, cierto; en Bolivia aparecen como una fuente de vida, cada 20, o 30  años,  porque el hartazgo colectivo ya no soporta más de lo mismo, esa es su fuente de poder, el encabronamiento saturado de demagogia y mentira, embauque y estafa.

Gabriela De Paiva Padilla, la nueva gobernadora de Pando,  no es un símbolo dulce ni una promesa vacía. Es, en realidad, una contradicción para la política tradicional: joven cuando el sistema premia la vejez política, preparada cuando el sistema tolera la improvisación, inteligente cuando el sistema prefiere el discurso básico y repetitivo. Por eso su aparición no solo entusiasma; también incomoda. Obliga a mirar de frente todo lo que ha fallado y ha funcionada mal en Bolivia durante años.

El triunfo de Gabriela De Paiva Padilla en Pando no debería leerse como una simple alternancia democrática. Sería ingenuo. Lo que ha ocurrido se parece más a una fisura —todavía estrecha, todavía inestable— en una arquitectura de poder que durante años se perfeccionó no en los grandes discursos, sino en los detalles invisibles: en los favores, en los silencios, en los gestos mínimos que sostienen lo que Michel Foucault llamaría una red de micropoderes.

Porque la vieja política boliviana no se sostiene únicamente desde arriba. No es solo el ministro, el gobernador o el caudillo de turno. Es el funcionario intermedio que decide a quién agilizarle un trámite y a quién congelarlo. Es el operador que reparte contratos como si fueran recompensas feudales. Es el burócrata que convierte lo público en un laberinto diseñado para que solo pasen los que “saben cómo moverse”. Ahí vive el poder real: fragmentado, cotidiano, casi imperceptible. Y por eso mismo, tan difícil de erradicar.

La rosca —esa palabra tan cómoda para describir lo que en realidad es una estructura profundamente arraigada de captura del Estado— entendió esto mejor que nadie. No necesitó grandes ideologías, le bastó con administrar accesos. Controlar quién entra, quién sale, quién cobra, quién espera. Un sistema donde la corrupción no siempre es escandalosa, sino rutinaria; no siempre es ilegal en apariencia, pero sí profundamente ilegítima en esencia.

El triunfo de Gabriela no ocurre en el vacío. Sería cómodo pensarlo así, como un gesto aislado de voluntad democrática, pero Bolivia —y especialmente sus regiones periféricas, como Pando o Beni— no se mueve por impulsos puros, sino por capas acumuladas de historia, poder y complicidades que se sedimentan como barro espeso.

Pando ha sido, durante décadas, una frontera más política que geográfica. Desde los tiempos posteriores a la Revolución Nacional del 52, cuando el Estado prometía integrar territorios mientras apenas lograba administrarlos, hasta las tensiones abiertas de la Masacre de Porvenir, el departamento ha sido tratado como un espacio donde el poder central negocia más de lo que gobierna. Y en ese margen —ni completamente abandonado ni plenamente atendido— floreció una forma de política particularmente cruda: la del control territorial disfrazado de gestión pública.

Ahí creció la rosca. No como un grupo visible, sino como una telaraña. Una red donde el poder no se anuncia: se administra. Donde el acceso a un ítem, a un contrato, a un cargo, depende menos de la capacidad que de la obediencia. Donde el Estado no es una institución, sino una extensión del favor personal. Alcaldías convertidas en cajas chicas, gobernaciones operando como agencias de empleo para militantes reciclados, y una burocracia diseñada no para servir, sino para filtrar, retrasar y negociar.

En Bolivia, este fenómeno no distingue colores políticos. Ha sobrevivido gobiernos neoliberales, procesos de cambio y discursos refundacionales. Cambian las consignas, cambian los símbolos, pero la lógica subterránea permanece intacta: capturar el Estado desde lo cotidiano. Ese es el verdadero poder, el que no se vota pero se sufre.

Por eso, cuando irrumpe una figura como Gabriela De Paiva Padilla, el problema no es ideológico, es estructural. Su victoria no amenaza un discurso; amenaza una economía política del saqueo discreto. Porque hay que decirlo sin eufemismos: en muchos rincones del país, la política no ha sido otra cosa que una administración ordenada del robo. No el robo espectacular que escandaliza titulares, sino el pequeño, constante, normalizado: el sobreprecio, la comisión, el trámite que solo avanza con “empujón”, el proyecto fantasma que se inaugura tres veces y no termina nunca.

Es ahí donde el pensamiento de Michel Foucault se vuelve incómodamente pertinente. El poder no está concentrado en un palacio; circula. Se infiltra en cada oficina, en cada sello, en cada decisión aparentemente menor. En Bolivia, esos micropoderes han sido capturados por operadores que no necesitan grandes cargos para sostener el sistema. Les basta con controlar el flujo: quién cobra, quién espera, quién queda fuera.

La rosca no teme perder elecciones. Está acostumbrada a reciclarse. Lo que teme es perder el control de esos circuitos invisibles. Porque ahí es donde se reproduce el botín.

Y ese es el punto exacto donde el triunfo de De Paiva Padilla se vuelve peligroso. No porque garantice un cambio —eso aún está por verse—, sino porque introduce incertidumbre en una maquinaria que depende de la previsibilidad. Si ella decide intervenir en esos niveles microscópicos —romper cadenas de favores, transparentar procesos, desarmar lealtades compradas— no solo gobernará: desestabilizará.

La reacción, entonces, no será épica. Será miserable. Vendrá en forma de sabotaje administrativo, de funcionarios que “no encuentran” documentos, de contratos que se caen por detalles absurdos, de alianzas que se disuelven en silencio. El viejo poder boliviano no pelea de frente; erosiona desde adentro. Es paciente. Sabe esperar.

Pero hay algo distinto esta vez. Algo que no pertenece ni a la gobernadora ni a su equipo, sino a la gente que votó. Un cansancio más denso, más consciente. Una especie de lucidez amarga que ya no se conforma con discursos ni con cambios de rostro. Esa memoria —la de promesas incumplidas, la de procesos que terminaron pareciéndose demasiado a lo que criticaban— puede ser, paradójicamente, la única garantía de vigilancia.

Porque si algo ha demostrado la historia política boliviana es que el poder siempre intenta recomponerse. Siempre encuentra nuevas máscaras, nuevos voceros, nuevas excusas. La pregunta no es si lo intentará de nuevo en Pando. Lo hará.

La pregunta es si esta vez encontrará el mismo terreno fértil.

El triunfo de Gabriela De Paiva Padilla, entonces, no es una victoria limpia ni una ruptura total. Es más bien una grieta en un dique viejo, lleno de remiendos y mentiras acumuladas. Todavía no sabemos si el agua cambiará el curso o si simplemente encontrará otra forma de filtrarse.

Pero la grieta está ahí.

Y en un sistema que vivía de parecer sólido, eso ya es una amenaza real.

El autor es comunicador social


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